Marco teórico

No todas las cosas que le pasan a uno son porque uno es autista. O porque uno tenga altas capacidades. O por el Toc. Algunas cosas le pasan a uno porque es hueón no más.

Cuando empezó la pandemia con la Nati, igual que mucha gente, de un día para otro nos vimos encerraditos en el departamento. Bacán. Pasamos de despertar juntos y darnos un besito para recordarnos durante el día, a estar juntos todo el día. Nada mejor para un autista que un cambio tan grande de rutina venga acompañado de quedarse en tu zona de máxima seguridad, que es la casa. Claro que sí. Bueno ahí, felices, comiendo perdices y manices (no maníes, ok) empezamos a cachar que faltaban algunas cosas para convertir el departamento también en mi oficina. Como yo suelo darle rienda suelta a mi trastorno con lo que me conviene, transformé mi noutbuc en una central nuclear, con 4 pantallas, impresora, escáner, audífonos de gueimer, silla geuimer, teclado gueimer, maus gueimer. Hasta calzoncillos gueimer me compré. Para todo esto, por supuesto, me sirvió bastante el primer retiro, que me llenó los bolsillos de manera innecesaria e irresponsable para con mi futuro, pero qué tanto si nos podemos morir mañana. Ahora que lo pienso, no me morí mañana ni el día siguiente. De hecho, seguí vivo lo suficiente para gastar el segundo y el tercer retiro y quedar debiendo el vuelto. La cosa es que entre tanta renovación y forzada generosidad de las AFP, también había suficiente dinero e irresponsabilidad para renovar otras partes del departamento, que como recordarán, no era nuestro en esa época, ni ahora, ni nunca, porque el que compramos fue otro. Entonces, ojo, el clásico «no gastís plata en weás que no son tuyas» era totalmente aplicable.

Su mueble, su tapiz pa los sillones y por ahí, mandamos a hacer un espejo de cuerpo entero con un marco bien bonito. Grandecito. 90 de ancho, 2 metros de alto. Era un espejo de esos para darte cuenta si detrás tuyo hay un vampiro, porque no lo ves. Esto significa que cuando te miras al espejo y no ves un vampiro, es porque está ahí. Escalofriante. Es como el machismo. No lo ves, pero está ahí.

En fin, el espejo estuvo listo yo creo que en abril de 2021, pero nosotros ya en esa época habíamos descifrado el acertijo del teletrabajo y estábamos literalmente viviendo en concón mientras yo trabajaba en Valdivia. Algo que habría enorgullecido a Isaac Asimov. Así pasó el tiempo y no fue hasta este año que por fin pudimos ir a ver el espejo. Cuec. Estaba malo. No tenía ningún soporte detrás, entonces era vidrio con marco. Muy débil. Pa la casa. «Ok, le vamis a poner un cartón o algo.» Nunca le pusieron nada. Como las pelotas. Pasaron los meses, y nunca le ponían nada. Es la marquería que queda al lado de los civiles en Valdivia, por si acaso. Mala la weá.

Así que un buen día de primavera se me ocurrió ir a buscarlo, montado en una más de las nuevas cosas que compramos con la inusitada bonanza que nos trajo la pandemia: El negrito brownie. El negrito brownie es nuesto nuevo auto, que no es un auto sino una camioneta nueva, apoteósica e innecesaria e indecentemente grande que decidimos comprar para darnos el gusto de hacerlo, porque puta que hemos pasado cosas con la nati. En serio, quedan hartas entradas de blog pa que se vayan enterando.

El negrito brownie es una chevrolet captiva desproporcionada, pero eso a mí me daba tranquilidad pa llevar el espejo. La nati, por supuesto, centrada, prudente y hermosa como es, me dijo que no iba a caber el espejo, que iba a quedar montado sobre una de las pelotas de la maleta, esas que replican la forma de la rueda trasera, y se iba a quebrar. Sin embargo, en teoría, el marco cabe en el brownie. Es un marco teórico, pero yo confié en que podía ser real. Entonces ocurrió lo que les partí contando. No por autista, ni por Toc ni por neurodivergencuia, sino de puro hueón, fui a buscarlo igual.

Lo más entretenido de todo es que, en mi constante compromiso por llevar a ustedes noticias frescas como el pan de la mañana, la parte del relato que viene ahora la nati no la sabe y se va a enterar junto con ustedes cuando lea el blog. No es broma. Ha estado esperando para enterarse. En fin, qué es la vida sin riesgos.

Bueno, un día cualquiera fui a dejar a la Emilia a Karate y mientras la esperaba, que es una hora, pesqué al negrito brownie, y me fui a la vidriería. Finamente, después de dos años, me llevé el espejo. Lo subí al brownie en la parte trasera. Lo apoyé en la pelota con forma de rueda.

Obvio que se quebró.

Toda mi vida pasó ante mis ojos. Y por supuesto me imaginé a la Nati teniendo razón. Maldición. Siempre tiene razón. Y yo nunca. Por qué nunca, por la chucha. Una vez, es todo lo que pido.

Bueno, me dio entre vergüenza y pena. Pena, porque el espejo a la nati le gustó y no quería que no puidiera tenerlo después de dos años de espera. Vergüenza porque, puta la wea, si tengo que explicarlo ustedes son weones y weonas también.

Entonces, diseñé un plan tan nefasto como bondadoso, a ser ejecutado en menos de una hora. Boté los restos del espejo roto, limpié el brownie, pesqué el marco, que no se iba a romper la weá, la eché en el auto, me fui manejando a anibal pinto a una vidriería, lo entregué, encargué que le pusieran un espejo nuevo, lo pagué, lo dejé encargado, me subí al auto, me fui a buscar a la emilia, llegué justito y bien. Ahhh, quedé cansado de puro contarlo.

Me fui de vuelta pensando en si podía excusarme por ser tan weon esgrimiendo mi neurodivergencia. Sin embargo, aparte de comprar una capa para ponersela en la espalda a a nati cuando se enoje, y decirle «ahora estás súper enojada», no se me ocurrió nada más.

Adelante estudios centrales.

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