Corto y preciso

Cuando era chico una vez me invitaron al cumpleaños del Alan Portmann en santa rosa de las condes. Alan vivía con su mamá, la Ita Portmann, que no se llamaba Ita y no tenía apellido portmann. Se llamaba Haydée y su apellido se había perdido en la noche de los tiempos por haberse casado en Estados Unidos. No se olviden de que así era mi vida, un pueblerino viviendo en nueva nueva york, que quedaba en el cerro 18 de la dehesa cuando todo era puro pasto, vacas y bichos. La casa de alan portmann era grande. No era apoteósica como una mansión, pero era lo suficientemente grande como para amedrentarme. En verdad, no recuerdo si era el cumpleaños o uno de los paseos de curso, pero da lo mismo. El asunto es que me dieron ganas de hacer caca y fui al baño. Me senté y, consecuencialmente, hice caca. Todo bien. Una arrugada de frente, un mojón haciendo ploch y estábamos listos, pero CHAN. No había papel. No estoy hueveando, estas historias que están en las canciones a mi me pasan. No había papel. En fin, no encontré nada mejor que limpiarme el poto con una toalla de mano que estaba colgada en el baño. La dejé llena de caca, colgada y me fui. Me imagino la experiencia de la próxima persona que se lavó las manos.

Tengo muchas atenuantes. Tenía 8 años, era autista, andaba solo, no tenía recursos mentales como para idear otra solución, y principalmente, era un mijito rico criado en cuna de oro que no pensaba en las consecuencias.

Creo que sigo siendo lo mismo. Un saco de weas criado en cuna de oro, mimado, que no piensa en las consecuencias y hace estupideces creyendo que se las van a perdonar porque es autista, tierno e inteligente. Soy, básicamente, un mojón nadando en una acequia. Hediondo, asqueroso, inmundo y vil.

Nada más.

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