
Esto de ser autista se parece a la perspectiva de género. O sea, se parece digo yo cuando lo pienso a la rápida, pero en verdad es que tiene que ver mucho con el género, no porque el autismo le pase más a un género que a otro, o la prevalencia o todas esas cosas científicas que tan poco asidero tienen al lado de una buena superstición. Lo que pasa es que en ambos casos se esperan comportamientos de uno y al menos para mí, que soy hombre tanto por sexo como por género, siempre todos esperaron que fuera bueno para la pelota, que tratara de darle besos a mis compañeras de jardín, que les levantara la falda pa verle los calzones, que me pajeara en grupo con mis amigos en esa época en que todavía no te sale semen y te crees la raja porque ya se te para y no saís na lo que viene después, que me gustaran los chistes machistas, que encontrara «asquerosos» a los «maricones» y raros a todos los que no fueran unos zorrones de mierda listos para violar a cualquier mina que se quedara dormida, ya fuera porque tenía sueño o porque le habían dado zolben. Zolben, cachai. Cuando yo estaba en sexto básico, recién llegado al curso porque me habían sacado por fin del nido de aguilas y me habían puesto en un colegio chileno, pero arribista, mis compañeros hacían fiestas todos los fines de semana. TODOS, weon. TODOS. Teníamos 11 años y todos los sabados bailaban al son de geité y engrupo, con pantalones amasados y camisas smile. Claro, porque yo soy cuiquito, no lo olviden. Entonces además, el estereotipo (ahí está esa palabrita ensangrentada) incluía a los 11 años que te fueran a dejar en auto a la fiesta, no vayai a llegar en micro, y manejar no, manejar es para los 14 o 15. Bueno, yo no iba a las fiestas de mierda, no solo porque era nuevo y no conocía a nadien (es adrede la wea de nadien, no me vengan con weás) sino porque era autista y no lo sabía. En una de esas fiestas a mis compañeros, entre los cuales había actuales próceres como Juan Piña que fue presidente del consejo de defensa del estado y losicomekeaondemismo, le pusieron zolben en las bebidas a mis compañeras. Con once años, los weones ya se las querían comer. Yo creo que ni se les paraba todavía y quería meterla, me imagino que amarrada con paliltos de helado, pero de los que no traían premio, porque si no, doble pérdida, cagó el palito y seguro que iba a cagar la cacha porque estaba planeada y ejecutada por un pendejo de 11 años. La idea del zolben provenía de un aviso también machista en el que una pareja estaba bailando al son de la dolly parton !»ou yes aim de greit pritender» y se supone que iban a irse a echar a peliar los miones, pero a ella le dolía la cabeza. «Zolben, para no arruinar esos momentos». Uno veía ese aviso y todo pasaba colao. Primero, que las mujeres no culean porque les duele la cabeza. Segundo, que si no les duele la cabeza tienen que culiar aunque no quieran, tercero, que si el hombre quiere culiar, le da zolben a la esposa pa que no huevee, etc. Y los zorrones crisálida de mi curso no hallaron nada mejor que darle zolben a la vanessa y la carola saint jean, que eran las ricas del curso. Yo me enteré de esto por secretaría, ya que en un consejo de curso, el profesor jefe, que era buen gallo pero weno, hombre y profesor de educación física de los 80, tocó el tema. Igual bien. Ya tocar el tema en los 80 era un mérito. No fue una gran intervención. «Chicos, como se les ocurre poner zolben en las bebidas, podrían haberles causado una intoxicación, hasta la muerte.» Fin, El problema era quye no se murieran, no que los pendejos quisieran culiarlas dormidas a los 11 años.
Tanto estereotipo de género, no? ¿Qué es esto?¿Recuerdo de un ex neurogénero o alguna cosa así? okey, vamos al grano.
Redirijan su atención a la parte en que dije qué se esperaba de mí. Hombre, blanco, privilegiado, en los 80. No solo que fuera machista, metrosexual, futbolista e ingeniero, pero también algo que para un autista es terrible. Se esperaba que fuera competitivo, exitoso, que me casara por las dos leyes, tuviera un hijo, una hija, un auto y una casa en los suburbios. Y un perro labrador. No digo que eso esté mal. Lo que digo es que estaba mal que ese fuera mi camino. Y aparte de estar debatiéndome entre la explosión hormonal de la adolescencia, las revistas porno de mi papá, mi posera vocación por la poesía y la música, tenía que estar pensando en cómo cresta llegar a ser un profesional exitoso y ganar en todo lo que estuviera. Ganar. Ganar. Ganarle al del lado.
Medirse las pichulas y tenerla más grande siempre.
Esa es la condena de los hombres neurotípicos. En el tránsito, por ejemplo, todo lo que ocurre en este planeta viene de ahí. Cuando dos hombres se pelean a combos en la calle, los bocinazos en los tacos, las carreras de autos improvisadas por la calle, taparle la pasada al de atrás, no darle la pasada al que quiere meterse a tu calle, acelerar por la pista contraria para meterse más adelante, curao manejo mejor, yo manejo porque tú no sabes, pero dobla aquí, pa donde vai, pero este es weon que no sabe manejar, apúrate aweonao que estai de vacaciones…
No solo en el tránsito. La guerra es eso. Yo tengo la tula militar más grande que tú, así que te invadiré. Además, mi forma de pensar es la realmente correcta. Yo sé que todas están correctas, pero la mía está más correcta que la tuya. Póngale. Las discusiones eternas en los parlamentos, las declaraciones cruzadas de los políticos, las explicaciones falsas para no admitir que te equivocaste, el reclamo en todos lados por todo siempre porque «a mí nadie me va a tratar así».
Todo es para tenerla más grande. Y la verdad sea disha, a los autistas no nos interesa tenerla más grande Ni siquiera nos interesa la tula. A mi nunca me llamó la atención competir por nada. Cuando estaba en primero básico hubo un concurso de deletreo. Era el nido de aguilas así que se llamaba «spelling bee» algo así como abeja ortográfica. Nunca supe por qué. Ahora me suena porno. Bueno, a mi todo me suena porno. Grandmas chicken salad. Como en 1980 los autistas éramos o superdotados o retrasados mentales, me metieron al equipo del curso porque era superdotado. «este weon no habla, pero es seco». La típica. «este weon se mira las manos y habla solo, pero conoce los secretos del universo». «los perros saen». Así de weona es la gente.
Gané po. Obvio. Primer lugar. Eee. Todos mis compañeros gritaban y celebraban como si hubieran encontrado la felicidad, o más bien como si hubieran ganado la copa del mundo de fútbol, que es lo más importante del mundo y es más importante que ser feliz. Me acuerdo que me pescaron y me dieron una especie de camotera simpática. Simpática pa ellos la weá. Estos eran los mismos estúpidos que pasaban todo el año riéndose de mí y botando mi cassette de elvis presley al suelo, pero ahora por un segundo me adoraban porque les había brindado la droga más adictiva de todas: el éxito. No importa si era una abeja ortográfica o ganar la carrera kessel en 12 parsecs, era ganar, que es lo único que importa.
Me regalaron un archivador con hojas de plástico transparente, tamaño cuaderno chico, con un grabado de cobre en la tapa y crines de caballo en el lomo. Mira la weá estúpida. Faltó que viniera el pelao mackenna a entregármelo y me cantaran el patito chiquito mientras mataban un toro en mi honor. Hasta el día de hoy nunca usé el archivador para nada. No sabía qué ponerle, si fotos, u hojas de algo, porque era tan chico que solo cabían hojas oficio cortadas por la mitad. Al final, se perdió, junto con toda mi vida anterior al divorcio de mi papá y mi mamá, cuando mi papá vendió la casa y sin previo aviso botó todo, pero TODO. No es broma. Mis poemas, escritos en cuadernos universitarios torre Coil Lock se fueron ahí. No importa. Eran malos los poemas. Como las weás de malos.
En fin, el asunto es que así he ido enfrentado toda mi vida estos desafíos de macho, que no me interesan ni tienen utilidad. Lo más divertido es que los gano. Primer lugar pruebas de ingreso a la brigada juvenil de bomberos 1987, Segundo lugar cantandrée 1989 (segundo porque fue con un grupo de música y uno de los weones se equivocó), primer lugar concurso nacional de ortografía 1991, saqué la carrera en cinco años sin echarme niun ramo, examen de grado a la primera, titulado dentro del cuarto superior de mi generación tanto en notas como en tiempo, primer lugar en la prueba pa entrar a la fiscalía, nombrado como asistente con 3 meses de título, antes de cumplir 29 años, primer lugar en el magister de política criminal, bla bla bla…
A mí lo único que me ha interesado siempre es ser feliz. Que mi mamá y mi papá sean felices. Que mi hermano sea feliz. Mis hijos, mi esposa, mis tíos, mis amigos, mis compañeros, mis perros, mis colegas de trabajo, mis chicas y chicos de la corporación, todo el mundo. En serio, todo el mundo. Como no sabía que era ND (nueva abreviatura para neurodivergente, cómo les quedó el ojo) iba entregando mi felicidad a cambio de la de todos. Poco a poco, golpe a golpe, verso a verso, beso a beso dulcemente abrázame que quiero sentirme diferente, etc. Y de eso no me daba cuenta. Y no hay estereotipo alguno que te lo expliquie, que te haga esperarlo o que te haga sentir que estás haciendo lo correcto, lo que se espera de ti como retrasado mental de los 80. Las personas a las que les vas regalando tu felicidad neurodivergente no se dan cuenta, a veces ni saben. No tienen maldad. No te chupan la energía como lo hacen las personas malas. De repente se ven un poco más felices y no saben cómo, y se dan cuenta de eso y por un momento les brillan los ojos y ese momento es la consagración del amor y el éxito para uno. Nada más. No necesitas nada más. Me invade una sensación de calor, una picazón de bienestar que te recorre como sangre por las venas, como tuétano por los huesos y me doy cuenta de que el éxito verdadero para mí no está en el pobre caballo al que raparon para hacerme el archivador, sino en el valor agregado hermoso de la felicidad anónima. Deberíamos hacer un perfil del cargo pal autista. Igual tenían razón mis compañeros. Los perros, las guaguas y los autistas saen.
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