
Hay algo insoportable en las despedidas. Desde que soy pequeño. He estado tratando de recordar la primera vez que sentí esa pena. Se parece a un dolor de guata, pero tiene una intensidad que no viene del estómago. Me ha costado tiempo entender que viene del cerebro, un poco porque a uno le enseñan que el cerebro no duele, un poco porque la literatura nos convence desde jóvenes que los sentimientos están en el corazón y que son amor o falta de amor y no hay más. Siempre digo que la mejor película de la historia del universo es el día de la independencia. Casi todos los días lo es, porque tiene extraterrestres, naves espaciales y al presidente de los estados unidos literalmente subido a un jet salvando a toda la humanidad y convirtiendo el 4 de julio ya no en una festividad norteamericana sino en una festividad mundial de la libertad. Creo que ese es el momento más sublime de la historia de hollywood, ese momento en que los gringos se despojaron ya de toda vergüenza y dijeron en voz alta que efectivamente creen que son el faro de la historia del mundo y que los demás no somos más que paisaje que pasa borroso por el fondo de la ventana del tren. Sin embargo, algunos días vuelvo a pensar con cinco dedos en la frente y recuerdo que la mejor película de todos los tiempos (que es más que la mejor película de la historia de la humanidad porque además de incluir el pasado incluye el futuro, es decir, ya no existe posibilidad de que se haga una película mejor) es Intensamente. Y la mejor escena de todas las escenas que se han hecho y que alguna vez se harán, es aquella en que Alegría se da cuenta, por fin, de que la única emoción que tiene la capacidad de convertir una experiencia triste en una feliz es la tristeza. Esa fue de las pocas veces en mi vida en que realmente se me ha caído una lágrima, o sea, que no me di cuenta de que estaba llorando hasta que la gota me mojó la mejilla y rodó hasta hacerse notar por el cambio de temperatura y humedad de mi piel.
Afortunadamente, estaba con la nati. Una cosa que es cierta de los avisos de la tele es que los momentos en que la vida de uno cambia para siempre es bueno vivirlos junto a alguien que te quiere de verdad. Yo tenía 43 años cuando la vi. Solo cuando la vi comprendí que tenía que dejar de esconder todas las penas que había tenido en la vida para intentar ser feliz, porque si las seguía escondiendo no lo iba a lograr. Así no más. Algunas personas van al sicólogo, otras, vemos una película y aprendemos una lección. Me ha pasado toda la vida. Viendo Kung fu panda aprendí que el presente es un regalo, que por eso se llama así y que no me tengo que concentrar en el pasado, ni soñar únicamente en el futuro. Viendo Mulan entendí que «la flor que crece en la adversidad es la más rara y hermosa de todas.» Viendo Toy Story 3 entendí que mis hijos habían crecido ya.
Lo que no llegaba a entender es por qué todas esas revelaciones me resultaban tan agobiantes. Los sentimientos son especialmente agotadores para mí. Y eso no tiene límites ni conoce clasificaciones. Ahora tienen que imaginarse uno de esos collage de las series de los 80 o comienzos de los 90 en los que una canción nostálgica comienza a repetir imágenes de mi vida. Les propongo «fought and lost» de sam ryder: Vamos. (congratulations, on your jubilation) Marcelo Figueroa rompiéndome el cassette de elvis presley, mis compañeros celebrando que gané el concurso de ortografía, (this devastation) el saco de weas de pablo jaque ahorcándome contra la reja de la cancha de fútbol, (and everybody fought) mi mamá sentada en un banco de la plaza cerca de mi casa sacándome fotos mientras yo jugaba a la pelota con mis amigos, mi hermano en cama porque se sacó la chucha en micro y yo al lado llorando toda la noche para que no se muriera,(so we will see you here) mis papás peleando por cualquier cosa. Yo viendo con mi mamá el aviso de «una familia feliz», teleserie de canal 13 que daban los domingos en la noche y que se trataba de una familia que no era feliz, y yo diciéndole a mi mamá que nosotros éramos esa familia, pero llorando. (better to have fought and lost) Mi amigo cristóbal fernández yéndose del barrio a vivir a Viña del Mar…
Mi casa sin mi mamá. Un día llegué de la bomba y mi mamá ya no estaba. Mi casa sin mi hermano. Yo llorando en los brazos de mi prima Daniela porque cristián se iba a vivir a Europa. La última foto que nos sacamos los cuatro juntos, mi papá, mi mamá, mi hermano y yo, cuando ya no éramos una familia ya, sin haber alcanzado a ser una familia feliz, en el aeropuerto. La sacó la violeta, la nana que llegaba a las 11 que la noche anterior se había quedado a dormir para llegar al aeropuerto a las 9.
Mi casa vacía. Mi papá se fue avivir a la ciudad satélite de Maipú luego del divorcio y vendió la casa en la que crecí, esa que uno quisiera tener para ir a visitarla de grande. Yo todavía tenía llave. Estaba vacía, sin muebles, sin camas, sin lo que había sido siempre. Me acosté en la puerta y lloré como nunca. La guantalamera, mi perrita, todavía estaba ahí, y me langüeteó harto rato. Poquito después se fue a vivir donde la tía Eliana, una abogada amiga de mi mamá que tenía 15 perros. Hasta el último día de su vida se comió un berlín todos los días a las 11 de la mañana, como tentempié mañanero. Tuvo 40 hijos y se murió a los 14 años rodeada de ellos y conmigo al lado. Al menos para ella la historia de mi familia terminó bien. Lassie y bolt son un chiste al lado de la guanta. Y marley no es un perro, es una marca de café.
No recuerdo cómo me paré del suelo de la casa ese día. Siempre me he parado de todas las penas. A pesar de que no sabía como manejar tantas emociones, tantas despedidas, tantas partes de la vida que no habían salido como las prometían las películas de holywood, siempre me paré del piso de la casa vacía, me limpié las lágrimas y seguí adelante, siempre solo.
No solo, en realidad. A los 15 años conocí a mi amigo josé miguel. A los 11 había conocido a Daniel. Daniel Party, no es broma, Party como fiesta en español, era un jackson five en mis ojos. Tenía fama de estudioso. Usaba lentes. Una vez lo invité a la casa desde el colegio. Para mí era lo más bacán del mundo invitar alguien a la casa porque podía jugar con él, hablarle, conocerle, sin depender de que quisiera estar con otros niños o niñas y exigirme competencias sociales para seguir compartiendo. Los invitados eran solo para mí. Nos pusimos a ver Doble de Cuerpo, una película con harto sexo, y teníamos 11 años. MI mamá nos pilló y él le dijo a ella que sus papás lo dejaban ver esas cosas. Ídolo. No sé si era verdad o mentira, pero en ambos casos, ídolo. Después creció, se alargó, se puso flaco y misterioso y pololeó con la rubia del curso, pero no cambió. Siguió siendo mi amigo siempre y eso fue hermoso. Una vez yo estaba embargado por esta pena continua de los abandonos y las despedidas y él fue a verme desde su casa en Ñuñoa hasta el cuartel de bomberos en que yo estaba, en Vitacura. Nos sentamos en su auto a conversar. Así de bueno. Hasta el día de hoy lo quiero y lo voy a querer para siempre. Sin despedidas.
Con josé miguel la cosa fue distinta. La primera vez que nos vimos él se me vino encima para tratar de que yo dejara de molestarlo. No es broma. En segundo medio yo ya había aprendido el lenguaje del bullying de tanto sufrirlo, y había decidido inconscientemente comenzar a hablarlo para relacionarme. Entre payaso y molestoso, me gané más de un combo. Uno de esos iba a ser de josé miguel, pero mis compañeros lo pararon. No sé por qué me defendieron, si porque era un debilucho (un debilucho de 1 metro 70 en segundo medio y 80 kilos) o porque era una especie de gema rara para ellos. Ahora me pregunto eso, influido por la sociedad de los poetas muertos y el finado Williams.
En fin, esa noche llamé a josé miguel para pedirle disculpas, y él me disculpó. Y nos hicimos amigos para siempre. Para siempre. De esos amigos que hacen grupos de música juntos, salen de vacaciones, carretean juntos (o al menos él carreteaba mientras yo le acompañaba siendo voluntariamente el raro) y además se presentan a las esposas. Yo le presenté a su esposa, la fran morales, la del podcast. Ella se sumó a mi equipo de protectores durante el primer año de universidad. Tanto josé miguel como la fran dejaron cosas importantes cuando yo tenía pena. Miles de veces.
Y bueno, está la nati. Ella merece una entrá completa y la tendrá. Solo sepan que ella decidió que me amaba cuando yo estaba postrado en una cama de hospital, recién salido del riesgo vital, sin saber si volvería a caminar, sin poder sentarme, y con una enfermera que tenía que limpiarme el poto porque yo no podía hacer caca solo. Ella me eligió sabiendo que quizás me iba a tener que limpiar el poto para el resto de su vida. Después les cuento el resto.
Además de las películas, estas personas me han guiado en esto de soportar las emociones sin saber que entre el autismo y las altas capacidades, venían instaladas en modo jugador experto. Todas estas almas maravillosas dejaron de lado sus vidas en algunos momentos para brindarme un pedazo de la familia que dejé en una casa de vitacura, enterrada junto con el cuerpito bello del Salomón, mi primer perro, que está en el cielo de los perros con la guantalamera y sus 40 hijos, que es imposible que estén vivos después de 20 años, con el chino, todos esperando a que un día le llegue la despedida a mi Perrote, porque también tienen razón las películas en que todos los perritos se van al cielo.
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