Niégalo todo

Un puñado de personas sabrá de qué se va a tratar esta entrada solo con leer el título. Desde que comencé con esto en octubre de 2022 que he estado diciendo que algún día tenía que escribir sobre él. De solo pensar en hacerlo se me aprieta el pecho. Me da por pensar que soy malagradecido, porque hay tanta gente que a los 50 años ya no lo tiene, pero también resulta que lo que he vivido lo viví y no puedo, como dice la nati, nivelar pabajo.

Mi papá.

Partamos con el recuerdo. Mi primer recuerdo de mi papá es difuso. No es como la bicicleta caloi o el cumpleaños en mi patio. Me da rabia pensar que mi papá me tuvo en brazos y yo no puedo recordarlo porque era muy chico. Él siempre fue un héroe canoso. Yo recuerdo que pensaba que si tu papá no era canoso, no era realmente papá. Miraba a mis compañeros con papás de pelo negro y me daban pena. Mi papá era the real papá, con canas. Hablaba con la nati ayer sobre lo especial que era él para ser un papá de los 70. Nos ponía mucha atención, jugaba con nosotros, nos hacía soñar, nos contaba cuentos en las noches. Valentín, timorato y furgencio eran tres hermanos que viajaban por el mundo y por el tiempo. Valentín era arrojado y no pensaba nada. Timorato no se atrevía a nada porque era muy asustadizo. Furgencio era inteligente, pensaba, y resolvía los problemas aplicando su pensamiento. Esas eran sus historias, no con moralejas weonas de ratones culiaos o conejos que corrían más rápido que la tortuga. La moraleja era que había que pensar para resolver cualquier problema. A la emilia yo le he contado historias de valentín, timorato y furgencio. Las adora. Ahora no las recuerda porque no se las he contado últimamente, pero aprendió a resolver problemas con ellas.

Ese es mi padre. Ese fue mi padre. Un tipo trabajador, serio y esforzado. Un niño que dejó de ser niño a los 13 años cuando se inició como aprendiz de contador de su propio padre, que era el contador más prestigioso de Talagante. Un joven que aprovechó la bonanza económica de mi abuelo para pasarla bien en moto, en auto, con sus novias y con mil historias que contar, desde un amigo que murió en un accidente de auto a un servicio militar que nunca sabré si realmente hizo, pasando por manejar tan curao que se cayó de la moto y durmió una noche completa en la acera de la panamericana, sin que lo atropellara nadie porque no había suficiente tránsito. En alguna etapa de mi vida me pregunté si eran verdad todas esas historias, pero ahora sé que eso no importa. Lo que importa es lo que esas historias querían transmitirnos a mi hermano y a mí.

Mi papá se encontró con un hijo autista y esa fue, quizás, la primera vez en que el mundo que él había planeado no resultó como esperaba. Efecto John Lennon. Mi padre, adicionalmente, no sabía que yo era autista. No lo sabía yo tampoco. Ni mi mamá. Nadie. Resulta que de golpe y zopetón, el muchacho que creció con chaquetas de cuero andando en moto y que se casó con la chica más linda que encontró para luego viajar de luna de miel a europa y hacer una familia perfecta como la que le prometían las series norteamericanas que se veían en blanco y negro por UCV TV, había encontrado un escollo en el camino. ¿Y cómo lo abordó?

Esa pregunta es peligrosa para los hijos, porque nos pone en posición de juzgar al papá. ¡Quiénes somos para juzgar al papá? ¡Lo vamos a mirar con los ojos y los criterios del año 2023 siendo que se formó en 1940 y se hizo padre en 1970? ¿Le vamos a perdonar cualquier cosa porque fue padre hace 50 años? Creo que nada puede ser más difícil que intentar juzgar a quienes nos han precedido. Y además de difícil, innecesario y malintencionado.

Pero los seres humanos juzgamos. Es nuestra naturaleza. Como respirar aire. Como tirarse peos. Quien te diga que no se tira peos está mintiendo. Quien te diga que no juzga, también.

Mi papá me decía que yo era un inútil. De todos los sobrenombres que el bullying me trajo a lo largo de los años, el peor de todos me lo puso él. Bolsa de caca. Mi papá me decía bolsa de caca. El asunto es que no me lo decía para hacerme sentir mal, sino para evidenciar que yo estaba haciendo algo mal. Claro, para él, no sacarme sangre a correazos era suficiente respeto. Una vez le pegó un correazo a mi hermano. Yo le pregunté «papá, porque le pegaste un correazo a Cristián.» Me contestó: Hijo, yo no le saqué sangre a tu hermano. No pegar queda para ustedes y sus hijos.»

Cuando tu papá te dice eso, quedas de una pieza. Cómo habrá sufrido. Le miras la espalda cuando sale de la ducha y te preguntas si realmente esas marquitas son por mucho llevar la mochila en el servicio militar, que es lo que decía.

De todos modos, mi papá me escribía notas con cada juguete que me regalaba. Eran notas que me hacían soñar. Una vez me llegó una carta de don francisco y yo estaba contento. Ahora sé que es un guatón culiao facho y corrupto, pero en esa época creía en la teletón. Entonces, hay tanta vida, tanto momento, tanto segundo y tanto minuto que pasé con él, aprendiendo cualquier cosa acerca de los motores de los autos, de cómo pintar una muralla o cambiar un enchufe, que no sé si podría realmente decir que fue un mal padre. No sé si alguien puede realmente decir eso, salvo de un padre que te abusa, te golpea o te abandona. Y mi papá no hizo nada de eso. Solo reaccionó ante mi autismo de la única manera que sabía, que era intentando enseñarme a ser como él, un macho recio protector y proveedor, amante de la velocidad, seductor y amante de la testosterona. Y eso no funcionó. Creo que fue lo único que no funcionó entre él y yo, pero fue lo que desmoronó todo.

Claro, me puse rebelde en la adolescencia, porque uno será autista, con TOC, con trastorno ansioso y con altas capacidades, pero la adolescencia nos pone weones a todos, cualquier sea nuestra sigla, NT, ND, TDAH, TKG, cualquiera. Escribía poemas como las weas, canciones iguales a las de silvio, tocaba guitarra igual que silvio y más encima, como todos los adolescentes, me creía original y si me decían que estaba copiándole a silvio me ponía más weon. Mi pápá pa weones no estaba, así que me castigaba una y otra vez, sin clases de guitarra, sin salir, sin ver televisión, sin nada. Ahí entraba mi mamá a convencerlo de que 40 años sin ver televisión no era un castigo viable, y el círculo vicioso se cerraba con mi hermano aprovechando de hacerse el que no cometía errores, etc.

Todo eso hasta que mi mamá se enamoró en el año 1990 y se fue. Y cómo no. Si llevaba 25 años viviendo con un hombre protector que no la dejaba trabajar a pesar de que era abogada y que le daba dinero cuando ella decía que quería libertad.

Ahí se acabo mi papá.

Después de eso, mi padre solía decir «tu mamá se murió». Yo le decía que iba donde mi mamá y él decía «pero si tu mamá se murió hace 2 años, hace 4 años, hace 10 años.» Hoy me dice «como está tu mamá, que se murió hace 30 años.» Parece broma, pero el hombre quedó varado en 1992. Los muebles, las películas, la música, la ropa, los gustos, todo. Todo es de 1992. Voy a su casa, que no ha recibido un solo arreglo desde 1994, que fue cuando la compró, y es como entrar en una máquina del tiempo, en la que él todavía tiene 55 años, mi mamá murió hace poco de alguna enfermedad desconocida y yo, claro, yo tengo solo 19. Aunque tenga 50, 4 hijos, 1 nieto, 1 ex esposa y 1 esposa, sigo teniendo 19 y, como cabro de 19, hago todo mal. Todo. Mi papá nunca más fue al médico ni al dentista. Se le han ido cayendo sus dientes y sus muelas a un ritmo inusualmente lento y su salud parece la de un hombre de 50 años. Afortunadamente, la salud también se le congeló en el tiempo. Y ahí está, con 84 años, viviendo en 1992 hace 31.

Su salud es mi regalo. Ahí lo tengo. Sano y enojado con el mundo. No quiere que lo vaya a ver, no quiere que le diga que lo quiero, no quiere ver a sus nietos porque dice que es una pérdida de tiempo para ellos, pero sospecho que no los quiere ver porque le recuerdan que el tiempo pasó aún sin su permiso. Una de las mil veces en que lo fui a ver a su reducto de retiro, me dijo que me iba a regalar sus ternos, esos con los que trabajaba cuando yo era niño. Yo le dije «papá, tus ternos me van a quedar chicos.».

«Hijo, no te estoy pasando los ternos. te estoy entregando el mundo. Yo ya no puedo seguir a cargo.»

Así eran sus enseñanzas. No intencionales. No destinadas a ser aprendidas.

«Mis nietos me vengarán» me decía cada vez que le pedía algo de plata. Y sus nietos claro que lo han vengado. A mis 15 años me dijo que me iba a dar un consejo para mis relaciones con mujeres (porque ni siquiera se preguntó si acaso yo podía ser homosexual. Resultó que no lo era no más.) Yo pensé que me iba a dar alguna directriz de vida o consejo para ser un buen compañero, un buen hombre. Lo que sea. Me dijo «Aunque te pillen clavado, niégalo todo.»

Asi fue. Mi papá nació el día en que alemania invadió austria al comienzo de la segunda guerra mundial. Comenzó a trabajar a la edad en que yo dejé de creer en el viejo pascuero. Enterró a su padre a la edad en que yo me titulé. Enterró a su madre antes de que yo aprendiera a leer. Vivió una vida entera en su propia ley. Fue fiel e infiel. Salió a comprar pañales cuando la moneda estaba en ruinas y llegó con leche para sus bebés cuando no había agua para él. Fue hijo y padre, marido y abuelo, pero nunca lo pillaron clavado, y a pesar de que nunca me entendió, me ha querido desde el día en que nací y espero ser yo quien lo entierre a él para agradecerle por oler como huele, porque su aroma para mí significa que nada me va a pasar nunca.

Mi papá estuvo listo toda su vida para negarlo todo aunque lo pillaran clavado, pero nunca estuvo cerca siquiera de pensar en negarme su amor, su dedicación, su trabajo y su exquisito aroma a padre que nació con él un día de septiembre de 1939 y se irá con él al cielo.

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