
Mi querida amiga Jessica Vergara, que tiene nombre de heroína de marvel y apellido de festival de la canción, me preguntó hoy sobre qué pruebas me habían hecho para darme mi diagnóstico de altas capacidades. No me hicieron ninguna. Mi querida amiga Constanza (ya van dos queridas amigas), que se llama como su mayor virtud y que es mi súper siquiatra, me diagnosticó en sesiones seguidas, de autismo y de altas capacidades, además del toc que ya sabía y de trastorno ansioso. No fui a ningún test de ados-2 ni a una evaluación formal con «profesionales certificados» de esos que se preocupan de que no haya «sobrediagnóstico» como si fuera posible que una persona «se haga pasar por autista» o peor aún «se comporte un poco como autista sin serlo y por eso le certifiquen que es autista». En mi instagram seguí a algunas chicas autistas que cuentan sus historias y me empezaron a llegar avisos de autismo. Evaluaciones, pulpos con caritas, cursos pagados, todos los negocios formados al lado de la nueva moda que es la neurodivergencia. Todo es un miserable y asqueroso negocio, incluso la forma distinta de ver el mundo de tantas personas que se descubren a sí mismas como gatos en un mundo de perros y terminan convencidas por la lluvia de ofertas de que tienen que pagarle a un desconocido para que les dé permiso de pensar como piensan. Como si no fueran a seguir haciéndolo sin el papelito. Como dijo maravillosamente mi querida amaranta, con ese nombre maravilloso forjado por García Márquez en su país mágico que todos deberían conocer, esto es lo mismo que el machismo y la homofobia. Los que están en contra de todo son siempre los mismos. Los blancos católicos universitarios profesionales millonarios. Y como no hay cupos para más millonarios en el mundo, la gente que necesita ir al médico, comprar pastillas, pedir un ajuste en el trabajo o que le traten con dignidad a sus hijos en el colegio está obligada a pagar las evaluaciones. Y como son los ricos los que controlan el mundo y las leyes, comienzan a salir las exigencias de cursos y las ofertas de magísteres inventados para sacarle plata a las personas neurodivergentes por ser como son. Obligao a pagar. Sin receta no hay medicamento. Sin certificado no hay permiso. Sin convulsiones no hay autismo. Y ahí entremedio estoy yo y otras personas como yo, que tenemos el color correcto en la piel y odiamos no necesitar nada, como mi amiga francisca, que de ropas café y animalista no tiene nada.
Así no más. Yo tengo suerte. No necesito estar diagnosticado para obtener nada, porque ya lo tengo todo. Mientras era neurotípico conseguí todo lo que los neurotípicos quieren: Casa, autos hijo, hija, perro, deudas, membresía de un club de rotarios (no es broma, soy miembro de un club de rotarios), segundo auto, vacaciones en la playa (en el departamento de mi mamá, pero los vecinos no saben así que paso por BUCARPIM sin problemas. (Blanco universitario católico apostólico romano profesional intolerante y millonario). Es una de las categorías reconocidas internacionalmente por la asociación de weones amargados que Odian todo (AWEONAOT) creada por mí para combatir el incesante avance de los miembros del consejo internacional latifundista nacionalista totalitario de ricos ostentosos (CILANTRO). Si realmente crees que estas instituciones existen, eres más aweonaot de lo que pensé y seguramente confundes el cilantro con el perejil.
Así no más pues. Soy la perfecta imagen del privilegio. Hoy fui a dejar a mi hija a un cumpleaños en un condominio cerrado en la punta de un cerro. Avancé por casas tan cuicas, que ni siquiera las hicieron pobres para ricos, sino que las hicieron los mismos ricos. Mi natita, que no es leche dura sino pacífico nacimiento me puso sobre aviso de que me encontraría con gente de mucha plata y que eso quizás me torcería la mente al punto de provocar un estallido, pero tal como para el otro estallido, esa no es la forma. Lo curioso es que llegué al cumpleaños y las personas que invitaban eran bien simpáticas. Hola, bienvenido, bienvenida tu debes ser emilia, adelante pasa te están esperando. Feliz a jugar se fue mi Emilita, que lleva el nombre de la mamá de mi papá que vistió de café hasta su último día para agradecer que mi papá se mejoró de la polio. En fin, el anfitrión y la anfitriona me dijeron «ustedes vienen de concon». «o sea, venimos llegando de concon de vacaciones» ah entonces son valdivianos «somos santiaguinos pero vivimos en valdivia hace cinco años». Nada de «hola bienvenido, mira por favor pasa a mi salón de visitas y siéntate en mi sillón de cuero de antílope mientras te sirvo una copa de dom perignon u lala». (u lala es el tipo de dom perignon, que es un tipo de champaña, cosa que sé solo porque veo las películas de James Bond y al weon arribista (porque es un muerto de hambre nacido en la pobreza) le gusta la champaña de marca y puras huevadas) (otra vez puse paréntesis dentro de paréntesis) (mi profesora de física decía «paréntise y a mi me daba harta pena) Ahi enmtonces me enfrenté a un quiebre en el tejido del espacio tiempo. (en inglés la palabra es mejor es «the fabric itself of space time) The fabric es algo así como «la tela» del espacio tiempo. Me gusta más. La tela no está tejida po, es una tela. Es más significativo que haya un quiebre en una tela que en un tejido, porque el tejido está lleno de hoyos. En fin, el quiebre se produjo porque no puede ser que alguien de plata no se crea la raja. No en mi universo limitado por las malas experiencias con los ricos y hediondo a odio. Es que todo se me convierte en odio a mí. El odio es mi motor. Debe ser porque soy un weon privilegiado de mierda que quiere cambiar el mundo pero no puede porque esta hundido en el privilegio. Y ahí estoy, saludando a este BUCARPIM, especimen exquisito de raigambre adinerada, sin poder odiarlo. El weon es demasiado simpático. Me queda la esperanza de que, como estuve cinco minutos dejando a mi hija en un cumpleaños, el weon en el fondo sea una mierda como todos los ricos y solo que no alcancé a darme cuenta, pero algo me dice que no. Algo en su modo de saludar, de mirar, de moverse. Su esposa también, la forma en que se me acercó y me saludó. No los pude odiar y si bien yo odio muchas cosas porque el odio es mi motor, lo que más odio es no poder odiar. Cuando no puedo odiar algo es cuando más odio eso. No el algo, sino el hecho de no poder odiar.
Es que uno no odia por opción o por hacerse el odioso, o el bacán, o la víctima, o el neurodivergente, o el neurodiverso como dicen algunos. Uno odia cuando siente el odio no más po. Y si no lo siente, no se puede odiar y punto. Y odio esa sensación de no poder odiar.
Este fue el primer contacto con los apoderados del curso de la emilia en el colegio nuevo. Ese al que llegamos luego de salir del muro de berlín hace unas semanas.Y fue bastante prometedor. Me carga decir esas cosas. Me carga la esperanza. Me gustan los hechos. No me gusta que las cosas sean prometedoras, me gusta que sean buenas no más. Y acabo de sentir esperanza en que le achuntamos con la Nati en poner a la emilia en donde está. fue una decisión difícil, porque es un colegio católico apostólico romano de profesionales blancos millonarios, pero tiene fama de ser un lugar de gente bondadosa que no acepta el bullying y que abre espacio a la diversidad y la inclusión. La emilia con sus altas capacidades que le determinan esa sensibilidad hermosa,, su completa imposibilidad de odiar y su consecuencial capacidad infinita de derrochar amor, amistad y ternura en el mundo, espera quye la gente sea como ella y si en alguna parte eso es posible, es en su colegio nuevo. El primer día llegó y los compañeros la abrazaron. Maldita esperanza, ahí está otra vez
Entre las innumerables e infinitas cosas que odio, está también, por supuesto, la formalidad. Mi querida coni, que aunque es la otra coni es más coni que la coni, me dijo que le gustaba de mí que tengo un trabajo serio pero igual uso un gorro de chanchito. Así suena simplecito. Chanchito más álvaro igual no formalidad. Pero no es tan simple. La formalidad fue inventada por algún estúpido (porque las mujeres cuando inventan algo siempre es algo útil y además no son estúpidas) hace siglos con algún motivo que no me imagino. No logro comprender el valor de los ritos en una sociedad que evidentemente ha comprendido que no existen personas con barba blanca viviendo en el cielo, que el sol no es una pelota mágica, que la lluvia no es el pipí de jesucristo y que la tierra nunca fue plana. Otra cosa es que no quiera aceptarlo, pero ya lo sabe. La especie humana ya sabe que no hay nada especial ni mágico en su existencia, entonces para qué seguir poniéndose togas de colores para comerse un pan sin levadura, vestirse de estricto negro para celebrar una misa ortodoxa, ponerse corbata y terno para celebrar un matrimonio ponerse un vestido blanco para simular que nunca te has pegado una cacha como si culiar fuera malo, llenarse de uniformes de colores con charreteras y medallas rimbombantes con nombres ridículos como «premio a la extrema galantería en operaciones de combate», «miembro honorario», desfilar en hileras interminables y pasar toda la vida ensayando para el desfile en vez de usar todas esas camionadas de plata para ayudar a la gente que lo necesita, como mi amiga ximena, que no es la hermana de papelucho por una simple jota y que tiene que pedir hora para su evaluación siquiátrica y tantas personas que no son mis amigas y que ni siquiera quieren ir al médico sino que quieren simplemente comer algo más nutritivo que pan con mantequilla y fideos con arroz.
Antes era a veces, pero ahora constantemente pienso que hay que ser muy weon pa no entender que es más importante que todos coman sano y tengan donde caerse muertos como dice mi mamá. ¿Acaso hay que ser neurodivergente para darse cuenta de eso? No. No tiene nada que ver. Yo conozco neurotípicas hermosas que luchan por la igualdad y por un mundo mejor para todos y todas, como la andrea eckhardt, con su nombre shileno y su apellido del tercer reich, y conozco neurodivergentes mezquinas que buscan aprovecharse de su propia neurodivergencia para ganar dinero o hacerse una carrera política. He visto la envidia y la maldad en ambos lados del círculo. Hace unos días dieron en Valdivia una película sobre chicas neurodivergentes en una función organizada por una corporación de aquí. Consiguieron el teatro, la publicidad, los sillones, el sector de apoyo sensorial lo armaron trayendo cojines de sus casas. Se sacaron la cresta para lograrlo, y cuando lo publicaron aparecieron un par de oportunistas, la carolina y la consuelo, casi exigiendo que la película fuera presentada por ellas y sus amigas. Carolina, que claramente es fuerte y valerosa, pero para conseguir lo suyo, y consuelo, que de alivio y solaz no tiene nada. Ese nivel de rasca. No compraste ni un cartón y querís animar el bingo. No, si gente mala hay en todos lados.
Chuta entonces sumando uno más uno, esta fue la semana del blanco que es negro y del perro que es gato. Resulta que desde lo más profundo de aquello que odio recibí un trato digno, cariño, y me trataron a mi hija como siempre quise, como hubiera querido que me trataran a mí, la abrazaron sin conocerla y me hicieron sentir cómodo aunque lo odié. (odié sentirme cómodo, pero igual me sentí cómodo, tan cómodo que me puso incómodo odiarlo) Si hubiera sido más largo habría sido una redención absoluta y me compro un perro de esos pug si nariz que no pueden ni respirar y me hago cuico.
Y por el otro lado, en el supuesto espacio seguro, vi como las ambiciones desmedidas y malhabidas carcomieron la decencia y la dignidad de las personas que yo imaginé que tenían alguna especie de ventaja pal juicio final. Hasta ahora yo suponía que las personas autistas veían más allá de esas mezquindades. No sé, tal vez inocente, tal vez motivado por la famosa ley del péndulo que me tenía un poco cegado, tal vez queriendo ver en mi condición que me ha traído tanto problema en el mundo neurotípico, alguna ventaja comparativa. Pero no. Si naciste chicharra, te mueres cantando decía mi abuelo, que se llamaba Rosa, y no era transgénero ni transexual, solo le pusieron rosa porque nació para el día de santa rosa y su mamá no iba a hacer una excepción por algo tan insignificante como un cañón y dos balas.
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