
Una de las cosas más difíciles para mí siempre fue poner cara de regalo. Esa es la cara que ponen los NT cuando les traen uno. Me estoy imaginando ya ese montón de cumpleaños en departamentos y casas de amigos, o en la de mi mamá cuando aún no sabía cuál era mi real identidad, o como diría mi papá, cuando no sabía que era taradito, o como diría mi mamá, cuando todavía no me diagnosticaban de enfermo mental. Yo celebraba mis cumpleaños siguiendo la lógica neurotípica. Cuando chico, na que hacer, mi mamá hacía la fiesta, la torta, la piñata, que es la weá más agresiva e invasiva de todas las celebraciones que existen salvo las fiestas patrias y el rodeo, la mesa con mantel de plástico, vasos de plástico, servicios de plástico, hasta servilletas de plástico y, por supuesto, amistades y sonrisas de plástico. Cuando uno está en kinder, por algún motivo los cumpleaños son con todo el curso. Aunque sean 45, como en los liceos y los colegios como el mío, invitaban a todo el mundo y a todo el barrio. Y si tenías clases de karate, a todo karate. 60 pendejos en una casa clase media, y 60 papás también. Por eso todo de plástico, porque no hay casa de los 80 que tuviera 60 vasos de vidrio, salvo, por cierto la casa del asesino en el cerro Manquehue y probablemente todas las casas de la derecha. Yo no me acuerdo de mi mamá en los cumpleaños, porque estaba en la cocina, entregando sorpresas, conversando con las mamás de niños con los que yo nunca conversaba ni jugaba y maravillosamente, estando durante diez segundos conmigo mientras soplaba las velas de la torta. La foto oficial del blog es de un cumpleaños mío, con la típica pepsi de 1 litro que alcanzaba para toda la familia durante el almuerzo, y que ahora con cueva alcanza para un niño de 8 en la colación. Entre todo eso, llegaban los regalos, que se suponía que eran 60 uno por cada niño, pero curiosamente había como 20 no más. No más, como si fuera poco. Ahí entraba uno a calificar el mundo según los dictámenes del capitalismo. Juguete tras juguete, en esa época hechos de tolueno, amoníaco y hasta plutonio. Claro, yo era un niño privilegiado del barrio alto y esos eran mis cumpleaños. Como es el plural de cumpleaños? Cumpleañoses? Cumpleañi? Cumpleaña? El español no lo soluciona todo. Una vez fui al cumpleaños de mi primo Marcelo, que vivía en quinta normal en una casa que le había prestado mi abuelo a su papá. Eramos los primos no más. Y las primas, que en 1980, formaban parte de los primos. 4 regalos y sin sorpresas. Sanguchitos de jamón queso en panes de molde ideal o cena, porque el oso culiao de bimbo no estaba ni en coquimbo.
A partir de segundo o tercero básico, la cosa se vuelve más honesta y no invitan a todo el mundo. En mi tiempo, no le llegaba la tarjetita village «te invito a mi fiesta» a todo el curso. Hoy, no ponen la foto en el grupo wasap de los papás, sino que llega por IMBOX y uno anda como los weones tratando de cachar a quién chucha hablarle del cumpleaños y a quien no. Todo lo demás se parece, pero en menor cantidad. A mis 9, siempre la cosa seguía siendo en la casa clase media ubicada en comuna clase alta. Hoy, parece un insulto si es en tu casa, salvo que sea una mansión, porque si no, tienes que arrendar un local para que los cabros y las cabras salten como monos o a lo menos juegos inflables. Si no, tu cumpleaños es un fracaso social, pero los regalos siguen siendo lo mismo, porque siguen viniendo escondidos adentro de un papel, que es la segunda mitad del problema. Y cuál es la primera mitad del problema? es que los regalos son sorpresa, es decir, uno no puede elegirlos. Qué, en serio? Para ti, joven neurotípico de corbatita, camisa polo y pantalones dockers, seguramente es obvio. Obvio. Para ti, todo es obvio.
Cómo puede ser obvio un uso social tan estúpido como que en tu cumpleaños, que es el día en que por algún motivo que no tiene explicación celebras que naciste, como si nacer fuera lo importante, cuando lo que importa es lo que haces después de nacer y antes de morir, más encima te regalen weás que no sabes qué son, no sabes si te gustan, no sabes si te quedan, no sabes si vas a poder cambiar por algo que te guste de la tienda de la que te lo compraron, no sabes si vas a tener tiempo ni ganas de ir a cambiarlo, en el fondo no sabes nada.
O sea, la posibilidad de que te guste un regalo que te eligieron sin preguntarte es tan baja que es realmente estúpido pensar en hacerlo. Y el problema no es ese, es que, como todo en el mundo, se supone que a todos nos gusta que la gente se esfuerce por tratar de conocerte tan bien que te elija un regalo sorpresa sin preguntarte y le achunte a lo que querías. Esa weá es imposible, pero como los neurotípicos saben navegar en ese mundo, ponen sonrisas igual y agradecen. Entonces el resultado insólito de este cruce de miradas entre ciegos es que una persona regala una weá que no sabe si le va a gustar a la otra, pero confía en que sí, lo que sabrá porque la persona lo recibirá con agrado si es así, y la otra, la que recibe el regalo, siempre pone una sonrisa y lo agradece diciendo que le encanta aunque piense que es una weá de regalo y que lo va a botar a la basura, o sea, al final nunca sabes si el regalo estuvo bien hecho y nunca conoces realmente a las personas, porque todas agradecen todo, salvo por supuesto que seas tan aweonao o aweoná que pienses que realmente le achuntas a todos los regalos siempre porque todos te sonríen y luego de pensarlo te vayas derecho a la rotisería de la esquina a comprarte un loto porque eres tan asertivo para elegir cosas aleatorias que seguramente vas a escoger 6 numeros exactos entre 36, una posibilidad harto más real que achuntarle a un regalo para alguien.
aireeee.
Súmale a eso que la absoluta falta de anticipación sobre lo que hay dentro de la caja o la bolsa maldita con colores y dibujitos de regalo es totalmente desregulatoria para un ND que se precia de tal, o que no se precia de tal pero realmente no puede evitar serlo. A mí me pasan un regalo y me llega a doler la guata de pensar que no sé lo que hay dentro y que supuestamente tengo que poner una sonrisa para agradecerlo aunque lo encuentre horrible. Por qué tengo que poner una sonrisa si no quiero ponerla? Es una pregunta tan básica que nos la hacemos a los 5 años ya, pero nos enseñan a dejar de hacerlo. Agradezca el regalo, dele un beso a la tía (a la vieja hipopótama), sea normal, por la cresta, si ser normal es ser como eres.
Yo tengo banda sonora en mi vida. En mi cabeza suena siempre alguna canción o una melodía según lo que esté haciendo. Si estoy en un café, por ejemplo, probablemente mi música es amelie. Si voy en auto, la música es real, pongo la radio y según el auto es la música. Cuando voy en el escarabajo, pongo the hippy hippy shake, cuando voy en el brownie pongo remixes. Bueno, y por qué les cuento esto, porque cuando veo entrar a alguien a la casa con un regalo, empieza a sonar en mi cabeza la música de tiburón o la de psicosis y quiero arrancarme de los zombies. Curiosamente, una de las caras que más me cuesta poner es la cara de regalo. No solo es una cara falsa, como todas las caras, sino que implica el total compromiso con la falsedad de todo el negocio cumpleañero. Es como rendirse ante el sistema, es mi pensamiento de la línea anarcodivergente.
En fin, así llegamos al presente, que también es un regalo, pero no viene envuelto en papel y aunque uno no sabe lo que es puede imaginarlo racionalmente porque es el resultado de los propios actos, es decir, uno está donde está y como está porque uno quiso así que como regalo está bien. Tal vez estás pensando, joven neurotípico con chalas, chores y toalla que ya no celebro mis cumpleaños, pero tal como dijo mi mamá cuando le pregunté cómo se llama la parte del vestido de china que va debajo de la falda, falso.
Claro que los celebro si la parte del cumpleaños que significa mirar hacia atrás y cachar como ha venido la cosa, compararla con como está y apostar a como vendrá es linda, bonita y preciosa, como la nati al lado mío celebrándola. Lo que pasa es que ahora que sé que soy autista y que el papelito de regalo me desregula, que no me gusta poner cara de regalo y que me carga estar sentado en un sillón conversando de weás que no me importan o poniendo cara de conversación (que es otra de las tantas caras), lo celebro a mi manera. La nati sabe que no me gustan los regalos, aunque su amor por mí es tanto que se sigue empeñando en hacérmelos envueltitos y como es ella, se lo aguanto porque la amo y además lo disfruto porque la admiro, pero a los demás no les aguanto niuna weá. No me gustan los regalos salvo que sea una hoja pintada por mi hjio o una de mis hijas. Me basta con un papel que diga feliz cumpleaños papá o feliz cumpleaños alvarito, escrito a mano y hecho con cariño. Un regalo así no me hace poner cara de regalo, me hace poner cara de alvaro, que es la cara que tuve escondida por más de 40 años para agradecerle cosas que no me interesaban a gente a la que no quería, y sé que esa es la cara que las personas a las que invito a mi cumpleaños quieren ver. Y no es que me crea mejor que los demás, o más auténtico que los enetés. Las personas neurotípicas son felices con cosas distintas a mí. Yo soy feliz con cosas que son minoría. Lo importante es que seamos todos felices.
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