Hombres de honor

Está de moda que todo sea urbano. Espacio urbano, mall urbano, edificio urbano, sistema urbano de cualquier huevada, etc. Como que las cosas urbanas son modernas y top y van con la onda arribista que tienen las ciudades hoy en día. En Temuco hay o había, no sé, un restaurant que se llama Mercato en el que los baños son ridículamente oscuros, con murallas negras y la puerta se cierra de corredera, así como entrar a un closet para mear. Fui almorzar ahí con la nati porque íbamos de paso hacia el sur y le pregunté a un amigo dónde era rico. “Anda al Mercato” me dijo. “Es rico, y además es urbano”. Puta la hueá dije yo. ¿Qué significa que un restaurant sea urbano? Habría que mirar el diccionario de la lengua española, pero es todo fome porque dice “relativo a la ciudad”. Eso es como decir que “chanta un peo en la tula” es un garabato relacionado al “miembro viril masculino y el procedimiento de presionar el ano humano contra él”, o sea, es decir lo mismo dos veces de manera distinta. Sin embargo, el segundo significado es más interesante. Dice “cortés, atento y de buen modo.”  ¿Será que la ciudad ahora tiene que ser bien educadita y esa es la idea? Lo dudo. Lo que pasa es que urbano suena bien. Suena a modernidad, como a murallas de granito y ventanales grandes en las oficinas de la multinacional del piso 16, que es donde todos quieren estar, así que el significado real de la palabra da lo mismo. Basta con que suene bien. Como el honor militar. Suena tan lindo que uno llega a emocionarse imaginando a los dos soldados de la película Cuestión de Honor de Tom Cruise, que matan a un compañero tratando de enseñarlo y luego asumen su responsabilidad como hombres honorables, o el mismo Cuba Gooding Jr. esforzándose por ser aceptado como buzo de la armada aun cuando le falta una pierna. Ahí concuerda la cosa con el significado del diccionario: “Cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes.”  A uno le enseñan sobre el honor desde chiquitito. Al parecer se supone que seamos personas de honor, que no digamos mentiras, que vivamos noblemente, que hagamos el bien, que si nos comprometemos a algo, lo cumplamos, etc.  Es lindo el honor. Es una obligación moral. No está contenida en las leyes, ni en los manuales, ni en los reglamentos de convivencia de los colegios, y menos en nuestra querida constitución. Comportarse con honor es como lavarse los dientes. Cuando chico uno lo hace porque lo obligan y después, si entiende lo beneficioso que es, uno lo sigue haciendo solito solo porque sabe que está bien hacerlo. El primer tipo que a uno le enseñan que tenía harto honor es Arturo Prat.  No solo le brillaba la pelá a Prat. También le brillaba el cerebro, porque era re buen abogado y además le brillaba el honor. De hecho, se tiró descabelladamente a la cubierta del Huáscar con una pistolita a luchar por la patria. Si lo analizas con frialdad, es una weá con patas como decía mi mami, porque la derrota era segura y el enemigo superior, pero si lo pasas por el cedazo del honor, el tipo es un héroe. Sin estar obligado saltó al abordaje solo porque creía que estaba haciendo lo correcto. Eso es el honor. El honor de verdad po, porque las definiciones son fundamentales pa uno que es y fue autista. Ahora lo sé. Cuando me enseñaron que Prat era honorable, no lo sabía. No sabía que saber bien qué significa cada cosa era fundamental para mí, porque me cuesta leer entre líneas. Entonces, pa mi Prat era honorable aunque estaba luchando en una guerra inventada como siempre por la derecha para conseguir más plata del salitre y que en el camino les abrió el apetito pa llegar hasta arica. Y un edificio urbano pa mi es un edificio que queda en la ciudad, no un edificio con buenos modales. En fin, de vuelta al honor.

Es como el soldado griego que corrió desde la batalla de maratón hasta Atenas para avisar del triunfo, o Carlos Dittborn trayéndose el mundial de fútbol a Chile en 1962. No tenían por qué hacerlo. No hay cálculos ni estadísticas. Se siente y se hace. Así es el honor, según el diccionario.

Por cierto, en nuestro país en que los escarabajos se llaman poncho y la diarrea se llama colitis, todo tiene un distinto significado, y si al shileno medio, que como sabemos es más estúpido que la mitad del país, mitad superior que probablemente son todas mujeres, le cuesta entenderlo, imagínense a uno que le trae neurodivergencia.

 Los mayores cobardes de la historia han transformado el honor para siempre. Siguen usando el concepto, pero al igual que el edificio urbano, su real significado da lo mismo. Primero, aplicaron el concepto a su necesidad imperiosa de ponerle la pata encima a los civiles, porque esa mentira de que las fuerzas armadas son obedientes y no deliberantes nunca ha estado siquiera cerca de ser una realidad. Como pasan todas sus vidas sin hacer algo útil (porque en los últimos 200 años ha habido tres guerras, o bueno, cuatro si consideramos que Chile le declaró la guerra a Japón para la segunda guerra mundial, pero eso fue como echarle la foca al vecino desde tu pieza mientras se saca la cresta con el otro vecino en la mitad de la calle) han estado siempre al agüaite para tomarse el poder. Siempre. Miren la historia. Los primeros presidentes de la república conservadora fueron militares. Prieto y Bulnes. Luego asumió un civil, Manuel Montt y justo viene la primera revolución, en 1851, comandada por un militar. Lo mismo en 1891, cuando la derecha, siempre tan preocupada del bienestar del país, no aguantó que Balmaceda nombrara ministros no pertenecientes a los grupos de poder y mandaron a sus perros de presa, los militares, a tomarse el poder. Esa vez, claro, los militares se dividieron. La armada se enfrentó con el ejército. Cualquier honor. Al final perdió el presidente (o sea, una vez más los militares hicieron un golpe de estado, como ya lo habían hecho en 1830) y el poder se lo repartieron los millonarios conservadores resguardados por los quiltros fieles de uniforme.  Sigamos. En 1924 los militares sacaron cagando a Arturo Alessandri, se tomaron el poder, lo mandaron de vacaciones a Europa (exiliado en verdad) y luego lo trajeron de vuelta y aprobaron una nueva constitución. Los historiadores, todos fachos por cierto, adornan el cagazo con el famoso ruido de sables y que los milicos estaban defendiendo las ideas socialistas de Alessandri, pero la verdad es que aunque se aprobaron las leyes socialistas antes del golpe, los honorables uniformados ya habían fraguado el golpe y lo hicieron igual. ¿Para qué si ya se habían aprobado las leyes? No tengo que hablar del 73, supongo. Todos conocen la historia de cómo la derecha financiada por los gringos y apoyada por la democracia cristiana volvió a encargarle a su brazo armado que sacara a Allende, facilitándole el camino a través de un embargo económico de más de dos años de vacas flacas para Chile. Y en todos estos casos, los militares, supuestos hombres y mujeres de honor, supuestamente han cumplido con su deber. ¿Cuándo ha sido honorable derrocar al gobierno para asegurar los intereses económicos de los ricos? Eso es el honor militar. Saber abusar del más débil, saber cómo sacar del poder a los gobernantes elegidos por votación y reemplazarlos por sus dueños, los millonarios de Chile. Esta raza de tristes animales que usan uniforme comprende el honor como la obligación de imponer a cualquier precio la voluntad que les ha sido programada por sus jefes. Durante más de 17 años se dedicaron a torturar, asesinar, quemar, golpear, humillar, insultar, violar y desmembrar a las personas que se oponen a sus órdenes, cobardemente dadas por sus propios oficiales y fraguadas por la derecha.  Hay tanto huevón Pinochet, Contreras, Krasnoff, Labbé, Corbalán, que hicieron del sufrimiento ajeno su forma de vida y todos, todos seguían utilizando el mismo uniforme con charreteras y colores ridículos, recibiendo ascensos y más charreteras, convencidos de que eran fieles representantes de los valores supremos que inspiran el quehacer militar, entre ellos, por supuesto, el honor.

En el colegio nos enseñan que no hay que pegarle a los niños chicos porque no pueden defenderse, pero estos desgraciados innobles se creían la raja torturando porque no cuesta nada sacarle las uñas a una mujer si además de ser más pequeña la tienes inmovilizada. Así cualquiera gana. ¿Qué honor puede haber en apuntarle con una pistola o una metralleta a una persona desvalida, amarrada, amordazada y torturada? ¡Qué demostración de abuso más absoluta es ser choro y abusador con quien no puede defenderse!  Ahí están los huevones ahora, haciéndose caca en los pantalones porque la justicia logró alcanzarlos. Los condenan por homicidios y secuestros y ellos, consecuente con sus valores despreciables y su torcido concepto de honor, se escapan, se “sustraen a la acción de la justicia”, se parapetan en los fundos que compraron con la sangre de las mismas personas a las que torturaron, se escudan en las fundaciones enfermizas que defienden sus delitos y que fueron creadas por ellos mismos y financiadas por los empresarios y político que les dan de comer e incluso, ya demostrando que hasta un chimpancé resfriado es más valiente, se suicidan. Hay que ser muy cobarde para pegarse un tiro luego de haber vivido toda tu vida matando gente. Y no me vengan con que Allende se suicidó también y fue cobarde. Allende se suicidó para que los malditos militares traidores que le habían vuelto la espalda no lo tomaran preso y pudieran jactarse de ello.  Tipos como Chacón forman parte de la casta de asesinos y torturadores que se aprovechó de que sus víctimas no podían defenderse y en esa época por supuesto que fue superpoderosa, pero en el final, cuando lo pillaron y le tocaba hacerse responsable de sus delitos, se consagró como un weon pusilánime que ni siquiera se atrevió a dar la cara y se suicidó como un cobarde.  Seguro que se creía la raja cuando veía su nombre en alguno de los oficios que tuvo que firmar como militar de la república y seguro también que le dio diarrea o incluso colitis cuando lo volvió a ver esta vez en una sentencia criminal en su contra. En fin, así son los militares en Chile, abusadores cuando tienen poder y cobardes cuando lo pierden. Igual que esos compañeros guatones medio babosos que iban en tu curso y que como medían 10 centímetros más que el resto se la pasaban pegándole a los compañeros más chicos, pero que se ponían a llorar cuando tu hermano mayor les pegaba un combo. Igual que marcelo Figueroa, el del cassette de Elvis Presley.

Así es el honor militar y no tiene nada de lindo. No significa cumplir con tu deber porque te sientes obligado a hacerlo y nadie te lo impone. Significa ponerse un uniforme que trae consigo una red de protección e impunidad que te permite pegarle a tus compañeros de curso sin que se enteren los hermanos mayores, matar gente sin ir a la cárcel y seguir creyéndote honorable vivir el resto de tu vida sin hacer nada útil por nadie, ganando el mismo sueldo aunque jubiles e incluso heredándoselo a tus hijas y tus nietas y por supuesto te permite seguir diciendo que tienes honor, porque tal como a los de la constructora no les importa qué chucha quiere decir que el edificio sea urbano, a los militares el significado de la palabra honor les da lo mismo. Lo que importa son las charreteras y las medallas que te ponen en el pecho.

Cualquiera es valiente con pistola.

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