
El otro día estaba sentado aquí en el café Cosas Ricas y me iba a poner a escribir cuando sonaron unas canciones de jazz. Odio el Jazz. Lo odio porque no es música, son un grupo de músicos amándose a sí mismos mientras tocan cualquier cosa que se supone es especial, cuando en realidad suena fome y aburrido. En fin, Odio todo, en realidad. El odio ha sido el motor de mi vida. Me ha motivado a estudiar, crecer, mejorar, a veces incluso y muy contra mi naturaleza, competir. La última vez que competí por algo, mmmm, me cuesta recordarlo. Esa sensación de realmente querer ganarle al del lado para obtener una satisfacción personal… A ver? Aers? Yo creo que fue en el año 2018. Salió uno de esos concursos internacionales para ir a un curso en Holanda sobre investigaciones de delitos de lesa humanidad. Lo dictaba el instituto internacional de estudios penales. Asi que postulé, y entré a competir, según el correo que me recibió la postulación, con otras 25.000 personas de todo el mundo, para obtener un cupo para el curso. La verdad es que postulé solo porque el curso suponía una beca completa con pasajes, plata pal bolsillo y hasta una taza de café con el logo del instituto. No lo sentí tanto como una competencia, porque no conocí a mis contrincantes. No estaban en el carril de al lado mirándome con esa cara de machos alfa que quieren destruirte por el solo hecho de que estás corriendo la misma carrrera. Era una competencia justa además, porque no había segregación por sexo, género, color ni por país, etnia, raza, todas esas cosas lindas que dicen las constituciones y las leyes zamudios, pero que no pasan de estar ahí y nunca llegan al mundo real. Claro, uno pensaba, seguro que van a darle los cupos al hermano del director del instituto o a la hija del millonario que lo financia, pero tiene que haber sido bien honesta la forma de resolver el concurso, porque me seleccionaron y yo no hice más que mandar mi currículum. Así, onda como en los cuentos de hadas, en los que los derechos existen y se respetan. Me acuerdo que cuando me llegó el correo avisando la selección yo estaba en otro curso que también me había ganado, en Cartagena de Indias. Ese también era con los gastos pagados y como era cortito y más cerca, fui con la nati. Mientras yo me cagaba de calor en un curso, con polerita con cuello, ella tomaba copete al sol en cartagena de Indias, mish. Salí corriendo a contarle, feliz. En aquel tiempo (Sigo bíblico) (me acordé de Douglas, que sacó un disco que se llamaba Sigo Romántico. Siempre quise saber si era su segundo disco y el primer se llamaba «soy romántico» o «romántico» o algo así. Yo encontraba la raja que el weon se autoamara tanto y se reconociera tanto como un tipo que cantaba weás románticas que simplemente su disco se llamara así. Esto tendrá que ver con el blog, confíen en mi parentisidad) Jesús dijo a sus discípulos «A Álvaro lo seleccionaron para dos cursos, uno en Colombia y otro en Holanda», y yo estaba feliz porque me pagaban todo el viaje y por fin iba a volver a Europa, donde había ido a ver a mi hermano que vive allá desde 1993. Nunca me detuve a pensar algo que era bien evidente. Soy seco. Claro que sí. Pa que me seleccionen entre 25.000 personas solo por mi currículum, es porque el currículum tiene que haber sido bueno. De verdad que no hice nada, no conocía a nadie ni llamé al papá de un amigo ni a algún rubio casado con su prima, como lo hacen todos los fachos para conseguir todo lo que tiene, que lo tienen asegurado desde que nacieron. En ese momento no caché que el gran regalo de mi papá y mi mamá, que se fueron a vivir a Vitacura para que yo fuera al colegio más cuico de Chile y aprendiera inglés, había surtido sus efectos. MIs papás me regalaron educación y yo le saqué brillo. a los 45 años, yo era un weon seco, tan seco que me fui becado a estudiar a Europa. Mis amigos del colegio, los más queridos, también lo hicieron. Daniel se fue a estudiar a Estados Unidos y se quedó viviendo allá. Andrés se fue a estudiar a Holanda y después se quedó viviendo en Finlandia y Dinamarca, tranbajando para la Nokia. Por algún motivo yo decía «claro, es que ellos son secos». Yo, en cambio, cuando salí del colegio, agobiado por el autismo que tenía sin saber, destruido por la competencia con mis compañeros, que siempre ganaban, un poco porque yo no sabía que estaba compitiendo y otro poco porque siempre competían en categorías que a mi no me interesaban, como el fútbol, el baby-fútbol, el futbolito, otros deportes menores como el futsal, el fútbol 6, fútbol 8, y otras variadas formas de correr detrás de una pelota, pero también destruido por el maltrato constante de mi padre, que con su amor duro y macho quiso convertirme en un vaquero rudo, pero me terminó por desdibujar como una pintura de picasso que puede ser un vaquero pero también un trozo de estiércol en el pavimento.
Ahi fue, cuando entré a los bomberos. Así es, esta es la ansiada segunda parte de aquél post en el que hablé sobre Jaime Miranda, si es que alguien se acuerda.
Los bomberos.
Yo estuve durante 37 años ligado a los bomberos. Cuando tenía 13 años, trece, por la mierda, se me ocurrió postular a la Brigada Juvenil de los bomberos de Vitacura. No sé por qué. Intento recordarlo y me viene a la memoria escuchar a mis amigos del barrio diciendo que eran bomberos, mi mamá diciéndome que eso era imposible y yo, queriendo saber. En el año 1987 yo estaba en octavo básico. Ese año, luego de siglos de opresión conquistadora española, por fin yo me había decidido a hacer lo que me gustaba y estaba en el coro del colegio y también en el taller instrumental, o sea, creyendo un poco en mí por primera vez. La mala cuea es que me topé con un pelotudo de primer nivel, que era el profesor de música, y que más encima se amaba a sí mismo porque todos decían que era bacán, simpático y todo, el Benito López. Ese weon megalómano y autorreferente me echó del coro y del taller instrumental en noviembre de ese año porque yo molestaba mucho. La mierda. Yo era inquieto, curioso, todas las weás que le encuentran buenas al mono culiao de Jorge el Curioso, pero en mi versión eran malas. Claro, el weon era un facho de mierda que quería puros milicos cantando callados y weones tocando las melodías compuestas por el pelao mackenna y no, no po weon. Yo tocaba soda stereo. A la mierda. Ven que el odio me mueve? Ok, más encima, yo, como primera vez que pertenecía a algo, quería volver al coro, tuve que ir en micro al colegio después de terminado el año escolar, A PEDIRLE PERDÓN AL WEON, y lo recuerdo pagándose su propio sueldo miserable mientras me miraba con condescendencia (si se anulan, podría ser «me miraba descendencia» y debería entenderse, eso en un mundo donde las matemáticas fueran tan importantes como pretendía el saco de weas de margalet, otro día más sin usar el mínimo común múltiplo). Yaaaaa, ok, si sé que me fui a la cresta.
La cosa es que me encontré de colitsión directa y frontal con que ya no pertenecía a la única weá que había pertenecido en mi corta y miserable vida, y justo se me presentan los bomberos. Creo que por eso me metí. Además, si algo me motiva a mí siempre es aprender. Y me di cuenta de que había mucho que aprender, y principalmente cosas que yo nunca había hecho, porque mi papá le tenía tanto miedo a todo que me había criado para ver el mundo por la tele. En los bomberos, en cambio, había que hacer cosas con las manos. Juntar mangueras, tomar un pitón con la mano, afirmarlo, achuntarle al fuego o al blanco, ponerse de verdad un uniforme de bombero, ponerse un equipo de respiración, respirar con una máscara, Puras cosas que salían en las películas, cosas que hacía la gente de verdad en el mundo real, y que no estaban en mi pantalla de televisión.
Mi paso por los bomberos fue como mi paso por todos los lugares en que he estado. Por un lado, excelente, seco, promisorio. Me sabía todos los reglamentos, me aprendí todos los procedimientos, estuve más de 7 años en la guardia nocturna, fui a cientos de emergencias, me certifiqué en rescate, me gané cursos a Estados Unidos, me certifiqué en incendios estructurales fuera de Chile (fui la primera persona de Chile en hacerlo), mantuve el record del tipo que más rápido se ponía el uniforme con equipo de respiración incluido durante años, etc. Por el otro lado, sufrí durante años el ostracismo de un grupo que no me comprendía, en el que yo no encajaba mientras hacía mis pequeños stimming con los dientes que me hacían parecer con frío cuando había 30 grados, todos se iban a carretear, o armaban una fiesta, o hacían un bautizo mientras yo no participaba, porque entre que me daba miedo y estaba preocupado de estudiar, etc.
No he conocido en mi vida un grupo humano más violento que los bomberos. VIolento, en serio. Violento en los términos en que hoy se puede ser violento. No ese concepto básico y pueril que tienen los hombres de la violencia. Si no hay moretón, no hay violencia. Si no quedas parapléjico, no fue tan grave. Si no te dejan tonto a golpes, es porque puedes soportarlo. No, violencia verdadera. Clasismo, racismo, machismo, elitismo los pocos que eran inteligentes, utilitarismo, bullying, maltrato, discriminación, todo lo que quieras. Elige. Todo está en los bomberos. Y eso que cuando yo entré no había mujeres bomberas. Al menos, no en Santiago ni en casi ninguna parte. Me acuerdo que en Tongoy había una bombera en la lista. Yo me sorprendí a mi mismo preguntándome «y cómo puede una mujer ser bombera». Me acuerdo que una vez pregunté por qué no había mujeres, y uno de los especímenes promedio de la población general me contestó «porque el reglamento dice individuos y no individuas». Claro, el lenguaje te sirve cuando es excluyente, no inclusivo.
De todos modos no olvidemos que esto es 1988, 1989, etc, hasta más o menos el año 2000. De la misma forma en que no puedes condenar a una persona por cometer un delito que no era delito cuando lo cometió, puedes criticar que Pablo neruda viviera en una sociedad que no le condenara por abandonar a una hija, pero es discutible que puedas criticar a Neruda por abandonarla sin sentirse mal. En 1988, todas estas cosas que yo estoy hablando eran obvias. No podías ser bombero si eras mujer, débil, maricón, raro, fleto, tontito, autista (el que bota espuma por la boca no lo olviden), ateo, si no te gustaba el fútbol, el baby fútbol, el futbolito, o por último el futsal, si no eras choro, prepotente, bueno para reírte de estupideces, si no veías películas porno, si no pensabas que a las mujeres drogadas en la fiesta hay que culiárselas antes de que despierten, si no creías que matar un perro era algo medio fuerte, pero bueno, qué tanto, etc. Para ser malo en 1988, había que ser realmente malo. Había que secuestrar, violar y matar a Victor Zamorano Jones o la Viviana Lavados. El resto, bueno, era ser un poco duro y poner orden pues. Pelo corto los hombres, pelo largo las mujeres. Faldita, porque asi es más fácil culiarlas en la fiesta.
Los bomberos no eran malos en 1988. Eran chilenos.
El asunto es que con el paso del tiempo, necesariamente, salimos de 1988. Y de 1989, y etc. Llegó el año 2000, y las mujeres comenzaron a entrar a los bomberos a borbotones. Luego llegó la década de 2010 y las mujeres comenzaron a tener cargos de autoridad en algunas compañías de bomberos, los fletos salieron del closet, los taraditos consiguieron una ley para que los trataran como personas, y los fletos, los taraditos y las mujeres consiguieron una o dos leyes para que tocarles el poto, las tetas, o culiárselas mientras dormían fuera, a lo menos, mal visto. Llegó la década de 2020 y los tribunales incluso tuvieron la idea extraña e interesante de condenar por violación a los hombres a los que se les ocurriera esto de penetrar a las mujeres mientras dormían. Claro, se salvó Neruda porque murió en 1971. Se salvó tanto weon. Tanto. Se salvó mi papá, seguro. Creo que hasta me salvé yo, que cuando tenía 20 años en 1994 le dije a una chiquilla que tenía bonitas tetas en frente del pololo. Estaba curado, en una fiesta de año nuevo… Excusas.
Pero los bomberos siguieron en 1988. Y siguen en 1988. Hasta hoy. Y claro, uds deben estar diciendo «este weon que se mueve por odio, está puro odiando», pero no. En vez de decir «no tengo pruebas, pero tampoco dudas» les diré «no tengo dudas, porque tengo pruebas». Claro, si basta con leer el diario, o entrar a la página del poder judicial. Los bomberos son como mi profesor de música. Son weones simpáticos, a los que todo el colegio adora. Yo conocí a mi profesor de música antes de conocerlo. En el primer día de clases en mi colegio el profesor jefe nos daba el listado de profesores que nos harían clases ese año. Cuando llegué a sexto básico a ese colegio, el profesor dijo «música… Benito López» y todos se pusieron a aplaudir (todos, porque en esa época las mujeres eran parte del todos) y gritar de alegría. El weon era lo máximo. Por suerte no nos había tocado Juan Iradi. Juan Iradi no era un maricon sonriente. Era enojón y guatón. Lo conocí con los años. Era harto mejor músico y mejor educador que el Benito López. Una vez tuvimos un profesor de reemplazo, no recuerdo su nombre. Calmado, agradable y poco dado a las luces, nadie lo pescó. También era harto mejor que Benito López, que enseñaba puras huevadas y más encima se enojaba a cada rato, seguramente porque le tenían cortada el agua en la casa, porque a los pocos años se separó, pero el weon era como el alexis sánchez del colegio. Se tiraba un peo y todos se lo olían.
Así son los bomberos. Son los Benitos López del colegio. Gozan de buena reputación aunque no los conozcas. Son los músicos de jazz, vacíos, sin sustancia, pero convencidos de que son lo mejor de la música. Son los Arturos Vidales de la sociedad. Chocan curaos y se les perdona porque meten goles, que es lo importante. Los bomberos violan a sus bomberas en los cuarteles, les andan tocando el poto, las andan acosando, pero se les perdona porque apagan incendios gratis. Porque tiene una aprobación del 100 por ciento en la opinión pública y como lo único que importa en el mundo es la aprobación pública y tener más seguidores por andar mostrando las tetas que la mina de al lado que también muestra las tetas, pero tiene menos seguidores, nadie se atreve a molestarlos pues. En una de esas, no te apagan la casa porque dijiste que son malos.
Imagínense lo que fue para mí pertenecer a los Bomberos. Yo no me daba cuenta de la dependencia emocional que formé con ellos. Estuve viviendo 7 años en el cuartel de los bomberos. Los demás miembros de la guardia nocturna fueron mis hermanos mayores, mis hermanos menores. Me identifiqué con ellos. Yo mismo me convertí en un acosador, participando de bautizos, siendo el más cruel de los viejos, poniendo apodos, contestando a palabrotas, compitiendo por tonteras que no me interesaban, como quien se pone el uniforme más rápido, quien llega a ser oficial primero, quién es más antiguo, quién manda más, quién sabe más que el otro, pero no para saber y hacer las cosas mejor, sino para hacer callar al otro. Ahi estuve años, deformándome, viviendo una vida que no era la mía, siendo la persona que no era, pero de verdad siéndolo. Una epopeya de mascaraje que tenía por objeto convertirme en la máscara misma y que me fue convirtiendo en el cuadro de picasso, más cerca del estiércol que nunca. No entendí por qué me empezó a dar por renunciar cuando llevaba diez años. Renuncié, retiré la renuncia, me iba, volvía, me desaparecía. Ahora entiendo. Ahora que sé que soy autista, pero que también lo fui siempre, entiendo que mi naturaleza estaba reaccionando desde adentro. Había que arrancar. Si hasta jugué a la pelota en los bomberos. Metí dos goles. En toda mi carrera deportiva he metido tres goles en partidos oficiales. Dos de ellos fueron en los bomberos.
Claro, las cosas se dieron de maneras tan obtusas como inimaginables. Ahora nos acercamos a la titulación.
Y todavía no les hablo de Jaime Miranda.
Nos vemos.
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