
He estado ocupado estas dos semanas. Por eso que no he podido hacer esto que es lo que más me gusta, que es tratar de que quienes vienen no vivan lo que vivimos los que ya vamos.
A veces uno no sabe por donde partir cuando se sienta ante la pantalla. Son 40 años de incomprensiones. En cada minuto, hubo algo que mi forma de percibir las cosas entendía de una manera que el resto no. Y no es cosa de encontrar «otro autista.» Eso pensaban mis profesores de básica. No del autista, porque yo no era autista, recuerden que yo era raro no más, pero algo así como «normal raro». En fin, las profes pensaban que si yo era raro, probablemente me entendería con los otros raros del curso, como se entendían los normales con los normales. Ocurre que los autistas no somos un modelo distinto de auto, hecho por montones en una línea de montaje. Bueno, para lo que sirva, tampoco los normales lo son, pero en 1980 solo había dos tipos de personas. Normales y raros.
Entonces a los raros nos tiraban a una especie de campo de concentración dentro de la misma sala. El ghetto. Cuando yo era chico las salas se agrupaban en grupo de a 6, en una especie de islas en las que me imagino que se esperaba que nos miráramos a los ojos y aprendieramos a socializar. No sé, nunca pregunté, no solo era de los raros, sino que tenía 6 años y no me preocupaba tanto de los criterios educaciones de mi colegio. El asunto es que como los raros no éramos muy de hablar sobre las vacaciones, o sobre fútbol, o sobre nada, o nos ponían a todos en una de las islas, dentro del muro de berlín, o peor aún, nos ponían uno en cada isla para que «aprendieramos a ser normales».
Pasé todo primero básico en el ghetto. No era malo, estaban conmigo Carlos Troncoso, juan miguel valdès, daniel bascuñàn, el darrick jones, un negro (porque en esa época eran negros, no afroamericanos ni aborígenes) que no era para nada autista, pero era negro así que también pasaba por raro en el país de los ingleses de latinoamérica. Si mi papá leyera este blog (uf, espérense el capítulo de mi papá) diría «ahora en el 2022 los raros son los chilenos, porque está lleno de negros extranjeros delincuentes narcotraficantes.» Ok, volvamos al ghetto. Era un lugar seguro. Hoy dirían espacio seguro, pero era como los vagones de metro para mujeres. Seguro porque no podían entrar los ladrones, no porque el barrio fuera tranquilo. Un día se le ocurrió a la profesora que podíamos traer música y ponerla en clase a la hora de almuerzo, toda una innovación para 1980, no solo en lo educacional sino también en lo tecnológico, porque en esa época pal día de ciencias uno llevaba el atari 800 xl y todos se volvían locos y por un día eras popular. Bueno, puso una radio con «tocacassette» y yo después de mucho esfuerzo y días de pensarlo quise llevar un cassette. Le pedí a mi papá mi cassette de los grandes éxitos de Elvis Presley porque en el matrimonio de mi tío Osvaldo habían pueso «mary´s the name (the latest flame) (el nombre de la canción es con paréntesis no es como este paréntesis que lo puse yo para decir que el nombre de la canción era con paréntesis. Debería haber paréntesis para reproducir un paréntesisi y otros distintos para los paréntesis que uno pone). Ese cassette era mi tesoro más preciado porque me lo había regalado mi tío tulio en su casa después del matrimonio. Mi tío tulio era el tío choro en esa época. Después supe que era un concha de su madre porque trataba mal a mi tía, había tenido hijos por otro lado y más encima le pegó una cachetada a la Fernanda, mi hija, cuando ella tenía 2 años. Después de eso nunca más le volví a hablar.
Llevé el cassette al colegio y a la hora de almuerzo salí del ghetto y fui a poner la música. Empezó a sonar elvis presley y yo me puse tan contento. Detrás mío apareció Marcelo Figueroa, uno de los tantos conchas de su madre que encontraría yo en mi vida, con la diferencia de que él fue el primero. Dijo «no, esta música no.» Sacó el cassette a la mitad de la canción y lo tiró al suelo y se rompió (porque lo tiró con maldad el chuchesumadre) y puso algo que no recuerdo. Probablemente Van Halen. Fue la primera vez que sentí una emoción que me acompañaría por el resto de mi vida alimentando mi odio y mi resentimiento hacia todo. Me sentí atropellado, humillado, avergonzado, como cuando en los sueños estás en pelota. Se río, obvio, si las películas sobre las escuelas gringas son ciertas. Tal vez las únicas ciertas.
Muchos ocuparon el lugar de Marcelo en los años venideros. Riéndose de mis gestos, de mi ropa, de mis miradas perdidas. Ya hablaremos de eso. Ahora, de vuelta a 1980.
Por salir del ghetto me pasó pues. Cuando le conté a mis compañeros raros y negros que traía el cassette todos estaban felices. Claro, no estábamos hechos en una línea de montaje, pero cuando andas con terno en un estadio, de lejos ves a los que tienen corbata y ellos te están mirando. Fue cuando sali del espacio seguro fue que me quedó la cagá. Entonces qué hice? Obvio, no salí más del espacio seguro. Simple, no?
No.
No se puede no salir del espacio seguro. Hay que atravesar el colegio para llegar al auto de tu mamá, o al paradero. Hay que atravesar la sala para ir al baño. (en primero básico, la sala tenía baño). Hay que atravesar la sala para ir al pizarrón, y pasar cerca de las demás islas. Hay que salir al recreo. Puta, qué hueá más terrorífica el recreo. Todos los pelotas jugando a la pelota. Todas las cabras jugando en las barras. Yo salía de la sala con terror, pensando en qué iba a hacer hasta la campana, porque no me dejaban ir a la sala de música, ni a la biblioteca, era muy chico, y tenía que jugar. Además, se supone que se me iba a pasar la hueaíta algún día. Igual había unas banquetas hechas de cerámicos. El piso del pasillo era de cerámica, y habían hecho unas banquetas de cemento y las habían tapado con cerámicos. Eran unos cuadrados de cerámico. Siempre estaban frías. Me gustaba eso. Sentarme ahí y sentir frío en el poto y en la parte de abajo de las piernas. Miraba desde ahí el patio y me encanta el punto donde los árboles se cortaban y empezaba el cielo azul. En santiago era bien azul en 1980. Ahí me quedaba absorto, pensando en los colores. Miraba los juegos de fierro pintado (las barras) y a las niñas, que se les veían los calzones cuando se daban vuelta. No me gustaba jugar. Me gustaba pensar. Que estarían pensando las niñas? Qué pensaban los niños que jugaban a la pelota? (después supe que no piensan mucho) qué estarían pensando los árboles? Pensaban los árboles? Voy a ir a leer a la biblioteca sobre los árboles a ver si piens…
Alvarito, que hace sentado, mi niño! La profe Gloria, buena, buena del alma. Vaya a jugar mi niño, que es chiquito y tiene que gastar energía.
Ahí estaba otra vez el dolor de guata. Se me apretaba todo y como era chico, me paraba y trataba de ir a jugar a la pelota. Los niños corrían, fuerte, duro, pegaban, no había jugar para mí. Te da miedo pérez. «Es niñita». Quiero ser normal, voy a jugar. No veo una. Mientras avanzo para tratar de ser parte de una historia que no comprendo y no me interesa, veo de pasada los árboles. Ya podré ir a la biblioteca.
Campana. El ghetto! Por fin. Vamos a estudiar, a leer, a estar callado sin tener que hablar con mis raros y mi negro, que como yo, se callaban también. Algunos porque querían, como yo. Otros, porque si están todos callados, me da cosa hablar porque además soy negro.
Pero todos cómodos En nuestra isla, en el ghetto, nadie es una persona, pero somos todos iguales.
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