
Yo no soy para nada pobre. No puedo venir a vender la pomada con que soy del pueblo. Nací en una clínica privada, la más bacán de Santiago cuando nací, que era la clínica Santa María. Cuanto tenía 2 años mi papá y mi mamá se cambiaron a Vitacura porque el aire en San Miguel era como las pelotas ya, y en Vitacura también seguramente ya lo era, pero se notaba menos. Santiago era como es hoy Loncoche. El otro día estuve en loncoche porque me invitaron a un seminario de violencia de género que organizó la superintendenta del Cuerpo de Bomberos. Una ciudad chiquitita, con las calles amplias, con pocos autos, como era Vitacura en 1976. Mi primer colegio fue el Nido de Águilas. Esa onda. Era el colegio más caro de Chile. La primera vez que anduve en micro fue a los 15 años. Fui en micro a ver a mi tía Maggi, porque quería vivir la experiencia de andar en micro. Me acuerdo que veía por la tele las noticias que de vez en cuando mostraban recoleta o la florida y veía que había caminos de tierra. No sé por qué me sorprendía tanto si la calle Petrouska donde yo vivía era de tierra en toda la parte que llegaba hasta la plaza. Mi papá era contador. Yo no sabía que era eso, pero una vez un amigo me preguntó que hacía mi papá y yo le dije que era contador. El me dijo que su papá era gerente. Ninguno de los dos sabía que significan esas cosas, pero a mí me sono más bacán gerente que contador, así que le dije de vuelta: «pero mi papá es el contador general de la república». Esa onda. En fin, mi vida acomodada también incluía cumpleaños con mucha gente, fiestas de navidad en la casa de mi abuelo con toda la familia, fiestas para esperar el año nuevo en familia, todos bailando, asados gigantes de fiestas patrias otra vez en la casa de mi abuelo, y en todas siempre estaba lleno de gente. Cuando tenía 10 años contaba ya 4 tías, 4 tíos, 10 primas 11 primos, 2 abuelos y media abuela. Todos y todas con sus parejas, todos jugando a la familia feliz, lo que significaba saludarlos a todos, sonreir, poner cara de feliz, darles besos y abrazos y aguantar las cachetadas y los gritos del saco de weas del tío tulio curado, porque entrando a la casa de mi abuelo pisaba un corcho y se iba a la chucha.
Recuerdo perfectamente mi sensación. En otra de las maravillas del esterotipo, seguro que me dirían bipolar. Despertaba los días de la fiesta con muchas ganas de ir porque iba a recibir regalos. Ese deseo infantil, sumado a la incapacidad de ver más allá de los próximos diez minutos que se supera solo bien entrada la obsolescencia (que es lo que viene despues de la adolescencia) me hacían olvidar cada año que llegando a la fiesta me empezaba esa conocida sensación de no querer saludar a nadie. No me gustaba oler los cachetes de las caras de mis tías. Su perfume no era el de mi mamá. No me gustaba el olor a viejo de la piel de mi abuelo. El viejo además estaba lejos de ser como esos abuelos bucólicos que cuentan cuentos y cortan leña. Era un viejo caliente que tenía hijos por otros lados y nadie supo hasta que se murió. Después estaban mis primos, que me odiaban porque vivía en Vitacura y según ellos me creía mejor que todos por eso. Ahora sé que ellos se creían peores que yo y me da pena. Mi familia era el estereotipo perfecto. Hermanos flojos que fueron taxistas y hermanas estudiosas que fueron profesionales, en un país que les había regalado la educación. Ahí estaba yo, sin entender por qué mi cuna de oro era un insulto, sin querer darle besos a personas que no veía más que dos o tres veces al año, sin querer jugar a juegos estúpidos como el pillarse y las escondidas, que me ponían nervioso porque si había que esconderse me daba lata y si había que buscar sentía que se estaban riendo de mí.
Ahora veo en facebook esos posts que dicen «no obligues a tu hijo a darle besos a alguien si no quiere» y me acuerdo de quino, que dibujaba al guille saludando obligado a una amiga de su mamá. Al darle el beso se imaginaba un hipoótamo. Esa es la pura verdad. Si a un niño o niña que no vive en la neurodivergencia le resulta incómodo que le obliguen a saludar a la señora hipopótama, imagínense a un niño que no solo es autista, sino que no lo sabe. Era un terror. Como decía, el olor, las manos que no son las de tu mamá, son otras manos, y pa qué decirte esas viejas asquerosas que te tomaban la cara con las manos traspiradas o cebosas y te daban un beso en la boca. EN LA BOCA, POR LA CHUCHA. La wea es un delito! Ahora lo es. Antes no lo era. O sea, lo era. estaba en la ley, pero la ley no es solo lo que dice la ley, sino lo que la gente piensa que es también.
Todo sea por los regalos, pues. A la hora de los regalos, el asunto tomaba un segundo cariz del que tampoco te habías acordado, Ya fuera navidad o cumpleaños, los regalos te tienen que gustar. Aló? Como habías pasado entre seis meses y un año olvidándote de lo malo, tampoco de acordabas de eso. No importa que weá te regalen, tiene que gustarte. O sea, a un niño que se pone nervioso porque su cubrecamas no es la misma que el día anterior y solo se calma cuando su mamá le explica tomándole la mano que había que lavarlo, y después es tanto el prob lema que tu mamá decide comprar dos cubrecamas iguales para ofrecerte la rutina que necesitas, a ese niño lo sientas enfrente de 20 personas que son «de tu familia» pero a quienes ves menos que al cartero, les pasas un paquete envuelto con algo adentro que no sabe que es y lo que tiene que hacer es no ponerse nervioso, abrirlo con una sonrisa y ser el niño que todos esperan que sea, contento tan solo de haber recibido un regalo. Imposible. Y eso, repitelo 1 vez por cada familia de la familia. Es toda la tarde poniendo caras. Yo no sé poner caras. Tampoco entendía nada, solo quería tener regalos. Uno será un niño raro, pero es un niño, y un niño quiere regalos.
A los 23 años yo andaba en Europa. Anduve todo el verano en Europa. Sospecho que mi papá me mandó para allá para autoexculparse por el espantoso divorcio que con mi mamá me brindaron, lleno de gritos, descalificaciones y conmigo al medio con ropa negra, pito y tarjetas. Bueno, andaba por allá para mi cumpleaños, que es en febrero. Mi hermano vivía allá. Se fue a los 22 o 23 años apenas pudo, para escapar de este país donde no iba a ganar plata como músico y donde mis papás estaban en plena guerra. Después se haría la víctima por haberse ido, calma. calma, algún día pelaremos a mi hermano.
La cosa es que me celebraron el cumpleaños pues. Me regalaron un CD, que en esa época eran la novedad frente a los casetes. Era un lindo gesto, me lo regalaron porque una canción que andaba sonando en francia me habia gustado. Yo creo que me lo regaló la Elise, que era su esposa en esa época, porque mi hermano siempre fue como las weas. En fin, a mi me gustaba escuchar los CD completos, desde la pista 1 hasta la última, así que me dijeron «pónlo» y puse la pista 1. La canción que me gustaba era la 2, así que mi hermano dice «pero weon, pon la canción que te gusta si para eso te lo regalamos.» Chucha la weá. Parece que tenía el estanque lleno ya pues, porque cuando me dijo eso empecé a agarrlo a chuchadas que el regalo era mío, y que yo lo escucho como quiero. Ahí estaba gritándole por fin a mi tío tulio, a mi papá, a mis tías hediondas a impulse, a mis primos desgraciados resentidos, a mi abuelo culiao que no me había contado cuentos, y también al conchesumadre de mi hermano que siempre abusó de mi incapacidad de defenderme y ahora venía a dárselas de bueno regalándome una weá que había elegido su esposa y más encima diciéndome ya no solo que me tenía que gustar sino también cómo me tenía que gustar.
Ustedes podrán pensar que no se lo merecía. En algunas entradas más comprenderán que sí se merece todo lo que le ha pasado. El tema ahora es otro.
Los autistas también nos cansamos. No de ser autistas. De que ustedes quieran que no lo seamos.
Replica a Joseluis Cancelar la respuesta