
Llevo varios días pensando en qué tengo que escribir una entrá pal blog y después me ponía a pensar si acaso esta especie de autoexigencia de tenerles noticias frescas era una manifestación más de mi autismo o si era alguna otra cosa, como probablemente una manifestación de mi trastorno obsesivo compulsivo, porque no se olviden de que si yo fuera un platano no solo estaría negro por fuera sino también negro por dentro. En fin, a final me fui dando cuenta de que esta necesidad de seguir escribiendo tiene harto que ver con mis ganas de ser escuchado y leído por más personas que solo aquéllas que me soportan a diario, que son re pocas. La verdad, es una sola, la nati que es un ángel en un mundo sin dios, porque mis pobres hijos e hijas están obligados y obligadas a hacerlo. Y acto seguido, me pregunto si esta necesidad de ser escuchado tiene algo que ver con el autismo. Como ven, estoy ensayando un nuevo sistema de escritura modalidad «estamos al aire tulio» en el que tengo la misma noción de lo que escribiré a continuación que ustedes, es decir, ninguna. Veamos, desde chiquito me gustaba contar chistes en la mesa frente a los grandes. Mi estilo era el siguiente: Le pedía permiso a mi mamá para contar el chiste. Ella me decía «cuéntamelo al oído» y yo le contaba uno súper inocente, así como los chistes de la emi «qué hace un perro con un taladro», «taladrando» ooo mi mamá babeaba y me decía que lo contara no más. Anunciaba un tierno chiste de su hijo y le cerraba el ojo a los comensales (que por eso después tienen la presión alta, ese es otro chiste) y entonces yo contaba una cochinada al estilo «por qué los chinos son amarillos? porque mean contra el viento», todos se reían y mi mamá se avergonzaba. Igual, después de una o dos veces, probablemente ella ya sabía como venía la mano y cuando cerraba el ojo a los hipertensos del futuro que es pasado, era para que supieran que el chiste era medio coshino. Les juro que acabo de darme cuenta de eso. Hasta la 8 35 del 4 de mayo de 2023 yo pensaba que mi mamá caía cada vez en la trampa y me doy cuenta de que tal como cuando engañé a la marianita y le hice creer tenía acceso permanente e ilimitado a todos sus whatsaps, mi mamá era más pilla que yo y lo sigue siendo. Creo que esto significa que los papáes como decía mi papá, y las mamáes son siempre más pillos y pillas que uno, y que por ende, el mundo está cada vez más weon con el paso del tiempo. Houston, aquí el módulo lunar. Retomando transmisiones.
No sé si buscaba esa atención adulta por una evidente conducta pueril, o si tenía que ver con mi autismo secreto hasta para mí mismo a esa edad. Como diría un albañil al que se le olvidó su mochila, no tengo las herramientas necesarias. Lo que sí sé es que cuando obtenía la atención, me embargaba una real felicidad por un ratito. Y que luego de ese ratito, me volvía a invadir esa nostalgia imposible, porque a los 6 años no puedes tener nostalgia del pasado, ya que el pasado ocurrió una semana antes. Junto con mi diagnóstico de autismo me dieron el diagnóstico de la nostalgia. Como saben, hace 2 años. Nostalgia, le digo yo. Se llama trastorno depresivo atípico.
Con el paso de los años, ya alcanzada la madurez de la adolescencia, es decir, madurez ninguna, encontré la música. Bueno para la guitarra, el piano, la batería, el bajo, todo. Mi hermano también, no sé por qué, Nunca supímos por qué. Dicen que mi abuela flora tocaba la guitarra, pero me la imagino rasgueando un par de tonadas. Parece que hay genes que evolucionan, darwin. Y era lo mismo. Poniéndome al centro de cualquier conversación o momento mediante la música, atraía toda la atención hacía mí. Y eso me provocaba esa esquiva felicidad que parecía un ratón arrancando del gato. Después, tuve pololas. Al final, más que pololas, eran encargadas de protocolo y relaciones públicas de Álvaro S.A. Yo me puse detrás, ellas hablaban, ellas me llevaban a sus mundos sociales, sus grupos y sus vidas. Yo era el «weon callado, bueno pa la música, que sabía de todo y hablaba poco». Me pregunto si era el típico weon callado que tiene toda la información sonbre el mundo y probablemente sabe cuál es el sentido de la vida. Me encanta ese personaje. Y así pues, pasaron los años. Me convertí en el centro de toda atención en cada momento. Ya fuera a través de chistes, o canciones, o simplemente de una capacidad inusitada de hablar sobre cualquier cosa, yo era el florero de cualquier mesa. El asunto es que no era buena compañía. Como dice mi amigo juan, a quien me referiré en breves instantes como juanito, yo no era un «conversista» (juanito no dice que yo no sea conversista, dice que él es conversista, y lo es, es maravilloso) Yo no era como alfredo lamadrid en humanamente hablando ni como la Cecilia Rovareti en el primer café de la cooperativa. Yo era un desagradable narciso autorreferente que hablaba, controlaba la conversación e imponía los términos y temas. Mis amigos se reían porque yo me quedaba dormido después de poner los temas. Una vez me fue a ver un amigo a la casa porque se había peleado con su esposa y yo me quede dormido mientras me hablaba, porque no me interesaba. Así de profundo el como las weas que yo era. Otra vez, mucho antes, se me ocurrió ir a ver a la polola de un amigo a su casa porque estaba de cumpleaños. Mi amigo también estaba ahí. Me puse a hablar, todos se reían. No me di cuenta de que había arruinado el cumpleaños porque al final solo se había escuchado mi monólogo y la polola de mi amigo era muy educada y nunca me echó cagando, que es lo que debió hacer.
El asunto es que cuando eres autista y no lo sabes, cosa que sé ahora que sé que soy autista aunque parezca raro, no es como estar resfriado y no poder oler, o sentir los sabores medio raros y después se te pasa. Es que el mundo huele distinto siempre y el sabor de todo te parece tan extraño que no sabes cómo describirlo. Entonces, si más encima tienes que lidiar con un trastorno depresivo atípico, altas capacidades y un trastorno obsesivo compulsivo, resulta que tienes más ingredientes que desayuno de hotel, y ni siquiera sabes que tienes que hacer desayuno con ellos.
El otro día me puse a llorar en el cumpleaños de mi querida amiga Sandra. Ella no se dio cuenta, ni el gran juanito tampoco. No hice escándalo y me fui al auto un ratito. No lloraba por melancolía, ni por depresión ni por ser autista, como probablemente crea mi padrecito. Lloraba de impotencia y de pena. Estoy en esa etapa del autodescubrimiento de la condición en que comienzas a ver tus limitaciones, y darte cuenta de que no son límites autoimpuestos, o sociales, o culturales, sino que son límites físicos. Sentado en una mesa en la que varias personas conversaban animadamente sobre cualquier cosa con la intención bienintencionada de celebrar los añitos de la Sandra, simplemente, me era imposible comprender la situación. Cuando era niño, no la comprendía y la forma que encontré para superarla fue contando chistes y atrayendo la atención hacia mí, de una manera tal en que nadie más hablara mientras yo hablaba. Me doy cuenta de que eso me permitía controlar la interacción, aunque fuera por un segundo, De ahí la felicidad. Pero hace algún tiempo, dejé de ser el centro de atención, porque cuando descubrí el autismo, quise centrarme por primera vez en mí. Mirarme al espejo, como decía la chica darling, que era toda lana, pero tuvo varios aciertos conmigo como sicóloga. Dejé el protagonismo de manera definitiva. En la pega incluso, dejé de ser jefe, dejé de querer destacar. Mi misión se convirtió en ser lo menos visible que se pudiera, para poder verme a mí mismo. Como una estrella, que de tanto dar luz no permite que se vean los planetas a su alrededor, mi obsesión por brillar me impedía ver mi propio reflejo, y como lo dijo hace más de 20 años Mulan, que como saben es la mejor película de la historia de la humanidad y el universo después del día de la independencia, «cuándo en mi reflejo yo me veré en verdad. quién es quien veo ahí (tan bonita tan gentil, no no, no me aguanté) mirando fijo a mí» La gramática de las canciones de Mulan y de Disney es como las weas porque las componen en inglés y luego las traducen para que encajen en la música, entonces, pa que se entienda algo parecido a lo que dice la canción en inglés, parece comercial de firestone «si camino no hablar nada venir», pero lo que importa es que es verdad. Si no sé qué hay en el espejo, no sé nada.
Tome aire mijito.
Ok, entonces aquí estamos descubriendo lo que hay en el espejo. Un chiste cochino encapuchado, una canción de silvio tocada en guitarra para seducir a una compañera de curso o una personalidad tan imprudente que arruina el cumpleaños de la polola de su mejor amigo? Un tipo tan descarado que se duerme ante la desgracia de quien se supone que es su amigo?
Sí pues. Así de mal. Así y todo, hay algunas personas que siguen siendo mis amigos y amigas. Cuánto me tienen que querer, por la chucha, para haber aguantado medio siglo de estupideces. José Miguel, Daniel, mi compadre Gabriel que me aguantaba todo, pero decidió irse al cielo, porque para él sí que hay cielo. La fran quizás. Y la nati, obvio. No solo me ha aguantado sino que hasta se casó conmigo. Y en vez de arrancarse, me buscaba videos en yutub para ver si podíamos comprender mi forma de ser, una especie de hágalo ud mismo del autismo. Esa podría ser una veta nueva de este blorgs. Videoblog. Una amiga me dijo que hiciera un podcast, pero no es lo mismo con el autismo, aunque parezca eufemismo.
La constante de todo este relato es esta «incapacidad para comprender la situación.» La situación social. Algo tan simple como hablar de cosas simpáticas durante un cumpleaños. Hace algunas entrás me reía de lo inútil que es hablar de verdades ocultas, pero hay otra cara para esa moneda. No hay moneda que no tenga dos caras. O sea, podrá haber? sería impresionante. No es el momento, por la chucha, concéntrate. Yo sufro. Añoro. ¡Cómo quisiera poder participar tranquilamente de una conversación amena sobre cualquier tema, solo porque estamos distendiéndonos mientras celebramos los añitos de mi amiga! No es que me crea superior. No es que me crea mejor. No es que piense que los temas que se hablan son tontos. No es qué me moleste que no se hable de mí. Ya pasé por pensar todo eso. Ya arruiné 49 años de mi vida en eso. Ya arruiné quizás cuántos cumpleaños, matrimonios, bautizos, fiestas de fin de año o simplemente reuniones de personas que creían que yo era su amigo. Es que simplemente, no puedo. No logro comprenderlo. Primero me asusté, y conté chistes, después me asusté y canté canciones. Después me asusté y fui egocéntrico. Ahora, ya no me asusto, pero me entristece y prefiero irme al auto que seguir arruinando amistades que prometen ser de verdad, como lo hice con tantas en el pasado que tal vez pintaban para buenas, pero fueron desperdiciadas y echadas al basurero por este autismo maldito que viene sin manual de instrucciones y tiene más botones que central telefónica.
Deja un comentario