
Cuando era bien chiquitito, como a los 8, a mi papá se le ocurrió que fuéramos de vacaciones en una camioneta ford econoline. La compró y la encachó (que es lo mismo que enchular pero antes se decía así) para que durmieramos los cuatro adentro (con mi hermano y mi mamá) poniéndole unas tablas de aglomerado unas frazadas, unos sacos de dormir. Compró unas cosas de camping, la cocinilla chica, una grande, unos platos de camping, servicios de camping, todo de camping. La guinda de la torta era el «sani pottie» un guáter portátil que tenía en su nivel de más abajo unos líquidos medio raros que disolvían los mojones. Había que descargarlo cada cuatro o cinco cagadas. Nos fuimos. Primero fuimos a Tongoy. No porque fuéramos a tongoy, sino porque íbamos a la serena y nuestra súper motorhome quedó en pana a la altura de tongoy. Les hablo de una carretera que no tenía dos pistas, ni pronto copec, ni micopiloto shell y tampoco muchos peajes. Había uno solo, a la salida de Santiago, que todavía está ahí.
Mi papá dijo «no llegamos a la Serena» así que cachó que teníamos que llegar a algo que estuviera antes. Toma. «Tongoy 10 km.» y era pal lado del mar, así que seguramente tenía mar. Nos fuimos. Toma 2.
Llegamos a tongoy con el puro olor, porque la pana era del estanque de bencina que se había roto con un piedrazo. Hasta hoy no me explico UNO porqué los pelotas de la Ford ponían el estanque de bencina onda lo más abajo posible, casi con un cartel que decía «piedra, pegue aquí» y DOS cuándo fue que se dieron cuenta, porque no fue con la camioneta de mi papá. De hecho estábamos en 1983 y la ford era de 1974.
En fin, tongoy era una maravilla. Les hablo de una península secreta que tenía dos playas, unas 100 casas, un retén de carabineros y un local de juegos electrónicos. No había grandes hoteles, ni spa, ni lodge, ni cualquier weá con nombre gringo que se les ocurra. Nos estacionamos en la bomba copec, que era la única en 100 kilómetros a la redonda y mi papá compró unos bidones de bencina, los llenó y nos mandó con mi mamá a la playa mientras él reparaba el estanque con John Black Pérez, que era el dueño de la bomba. No es broma, se llamaba john black pérez.
De ahí en adelante, seguimos yendo todos los años a Tongoy, en diversas fórmulas. A veces a la hostería de tongoy, inaugurada al año siguiente, a veces en casas arrendadas con otras familias, porque eran casas de 10 dormitorios o más, a veces nosotros solitos con mi mamá porque mi papá tenía que trabajar, pero todos los años a Tongoy. Con el tiempo, tongoy se volvió un «destino apetecido» como dicen en la tele. Se empezó a llenar de gente, prosperidad, tecnología y lo peor, de reglas. Ya no podíamos llegar y entrar a la playa grande en auto, como siempre se había podido. Yo soñaba con manejar las distintas camionetas de mi papá, todas usadas, todas viejas y todas con panas distintas a través de los años, por las playas de tongoy, donde había pasado de ser un niño a un adolescente. Soñaba todos los años con volver a esa playa con olor a libertad y sabor a infancia. Por supuesto, Tongoy se fue convirtiendo de a poco en otra más de mis estructuras rígidas, necesaria, protectora y feliz, sin que yo lo notara. Había muchas cosas de Tongoy que yo quería repetir todos los años: Llegar a jugar a los flippers donde atendía Jorge, un chico bonachón que debe haber medido un metro setenta pero que a mis 10 años parecía un gigante. Estaban los churros del tipo de la feria artesanal, un gallo con barba que se parecía al baterista de congreso, las pizzas del Gigino, un lugar extraño y mágico ubicado en el segundo piso de una casa hermosa que daba a las rocas. Estaba la virgen del cerro de tongoy, lo más arriba que se podía llegar. Estaba la lorena cathalifaud, una amiga de mi hermano a la que yo amaba sin saberlo, con ese amor de niño como el que describía Eduardo Barríos. Estaban los vómitos, siempre a la segunda semana, de tanto comer empanadas de queso. Y, por supuesto, estaba el restaurant Mar-cos, donde atendía la señora paty. Ella era una soltera de 40 años en la década de los 80, que había quedado embarazada sin estar casada en un pueblo chileno de 1980. Se imaginan lo que sufría. Mis papás nos llevaban a almorzar donde ella y cuando la vi embarazada le dije «señora paty, yo le voy a pedir a la virgen que su hijo salga sanito.» Ella se puso a llorar de emoción y le preguntó a mi papá cuales eran nuestros segundos nombres, porque así se iba a llamar su hijo. Mi papá, muy gentil, le contestó «cristian david» por mi hermano y «alvaro patricio» por mí. Así que el hijo de la señora paty se llama David Patricio, en honor a mí, aunque yo me llame Alvaro Matías Jaime. Así era mi papá. Simpático el weon. En fin, así era tongoy también. El lugar de veraneo de los cuentos. Eso tuve yo. No tuve una familia de cuentos, ni abuelos que cortaban leña, ni abuelas que hacían queques, pero tuve veranos como en las películas.
La primera vez que no fuimos a tongoy para el verano fue en 1990. Por algún ridículo motivo nos fuimos a Puerto Varas. Era lindo. Yo nunca había ido, estabamos con dos familias de amigos de mi papá, más bien clientes que amigos. Mi papá era contador de esos antiguos como Jaime Vadell en la ferretería de la película desconectados. Conocía a sus clientes, los visitaba en la casa, reía con sus éxitos y lloraba con sus tristezas. Adicionalmente, veraneaba con ellos cuando podía. Le pagaban en camisas, bicicletas, pantalones, cocinillas, carpas, latas de comida, cajas de bebidas, lo que hubiera. Mi papá era como los influencers de ahora, que reciben cosas por mostrarlas en instagram. Solo que él las recibía por hacer la contabilidad y por supuesto, descontarlas cuando se las regalaban.
No la pasé mal en Puerto Varas, yo siempre fui un niño bueno, que trataba de adaptarse. Mi mamá decía que a esas vacaciones iba a ir la hija de uno de los clientes de mi papá y que estaba mandada a hacer para mí, así que más encima me fui emocionado. La chiquilla era re bonita, como cabra de 14, pero estaba enamorada de un jugador de no se qué que había conocido en Bariloche así que no pasó nada. Fue bonito, pero algo me faltó. No sabía aún que era Tongoy. Mi hogar, uno de mis hogares, una de las cosas que me brindaban tranquilidad, como Bernard y como mi mamá.
Lo que yo no me esperaba es que no volveríamos a ir a Tongoy. Al año siguiente, mis papás ya estaban en una etapa crítica de su relación. No había presupuesto emocional para viajar juntos. No hubo vacaciones. Yo recurrí a José Miguel, uno de los grandes tótems de mi vida, y nos fuimos solitos a Tongoy, en un bus Tas Choapa que salió del terminal los héroes, puras cosas que ya no existen. Si ya fue hace más de 30 años pues. Así seguí yendo a tongoy. Ya no iba mi hermano, ni mi mamá ni mi papá pero yo quería seguir yendo. Por supuesto, quería que nada cambiara también, pero todo empezó a cambiar. Un poco porque mis papás se fueron a la cresta, otro poco porque todo cambia siempre, ¿no? Tongoy se convirtió definitivamente en un balneario de moda y aparecieron puerto velero y las tacas, y lo que es peor, desaparecieron mis amigos. A La lorena cathalifaud nunca más la vi y a jorge menos.
Mis técnicas para seguir yendo a Tongoy se perfeccionaron con los años. Al año siguiente fui en un bus TAL los diamantes del elqui, Solo. Solo porque José Miguel se había ido a huevear a Europa, desde donde me mandó una postal que decía «Holanda la tiere». La tiere. 5 años después yo habría de mandarle una postal de holanda que decía «holanda la sigue teriendo». Ese año fui a ver si encontraba a mis amigo del colegio, Andrés Lucero y Mauricio Santos. Me dijeron que estaban en La Herradura de Coquimbo. Estuve dos días buscándolos, porque pensaba que la herradura era como cuando yo era chico y me encontré con la Avenida del Mar. Raya pa la suma, terminé en Tongoy con un improvisado grupo de nuevos amigos, con los me acostaba en la arena en esos grupos apretados a escuchar La Pachanga de Vilma Palma e Vampiros.
Al año siguiente, nos fuimos con José Miguel al Valle de la Luna a dedo. A dedo como cuicos que éramos, porque llegamos a dedo hasta La Serena y ahí tomamos un bus salón cama, el primero de mi vida, hasta antofagasta, por 5 lucas. Nos dieron hasta un combinado en el bus, y desayunamos un mankeke. De vuelta del valle de la luna, calama, antofagasta y todos esos lindos destinos llenos de arena y sol, pero no de mar, obvio, terminamos en Tongoy, en donde tuvimos un éxito inusitado con nuestra guitarra y nuestras canciones de «El Lomo», que era nuestra banda oficial. Obvio, llevé a José Miguel a almorzar donde la señora paty que nos regaló un almuerzo maravilloso con pescados, mariscos, de todo. Inolvidado.
Tongoy me seguía protegiendo.
Pero todo se acaba pues. En los años siguientes me hice universitario, casi al mismo tiempo en que mis papás se separaron y la casa en que había vivido toda mi vida desapareció en manos de una corredora de propiedades. Hasta bernard estuvo perdido esos años, en la bodega de la casa de mi papá en Maipú. Así, un poco vapuleado por los abandonos y un poco deslumbrado por la libertad de no tener papá ni mamá encima, me fui olvidando de tongoy. Anduve por el alerce andino, fui a Europa a mandar la postal desde Holanda, me puse a pololear con una niña que era de Chillán así que empecé a ir a chillán a ver si encontraba la protección que ya no iba a buscar en Tongoy porque allá era en otro universo. Después, me titulé, y no salí de vacaciones. Después, dejé embarazada a la mamá de la Fernanda, me fui a Rancagua., y una cantidad notable de etcéteras.
El capítulo no estaba cerrado, pero no había forma de cerrarlo parece. Adivinen quién me ayudó a cerrarlo. ¿Adivinaron? Obvio, la Nati.
Ella es todo. Ella lo hace todo y lo arregla todo. En el 2012, recién juntos y recién yo resucitado al tercer trimestre (no al tercer día) luego del accidente que por tercera vez casi me mata, se nos ocurrió postular a Chañaral, a la fiscalía. Por el sueldo, nada más. Vayan a Chañaral y comprenderán que solo puede ser por el sueldo.
Para llegar a chañaral, los perlas nos compramos una auta nueva, la Mochina, que era un KIA RIO 5 de color negro. Y para probarla, nos fuimos por tierra hasta antofagasta. Entonces le dije si acaso podíamos pasar a Tongoy. Obvio que sí. Uf. 18 años desde la última vez, yo esperaba casi barcos voladores.
Curiosamente, era mucho más igual a lo que yo recordaba de mi infancia de lo que era cuando había ido por última vez en 1994. Entendí que uno ve lo que quiere ver, y más importante aún, uno no ve lo que no quiere ver. Mi tongoy de la infancia estaba intacto. Claro, un par de cosas nuevas, una ciclovía, unos hotspots, más pavimento, etc. Pero en esencia, lo mismo. Lloré. La nati me abrazó. Fuimos a comer al restaurant de la señora Paty, pero ella no estaba. Estaba David Patricio, a quien nunca le conté que se llama patricio porque mi papá era un loco igual como yo soy ahora.
Pasamos una noche en la hostería de Tongoy, la llevé a dar una vuelta por la península como mi papá hacía conmigo, le mostré donde estaba la pizzería Gigino y donde habíamos quedado en pana…
Terminamos de dar la vuelta en 10 minutos. Así de pequeño es Tongoy. Como pequeño era yo la primera vez que fui. Como pequeño seguía siendo por dentro en 2012, cuando hace casi 20 años que ya no había familia, ni casa en Vitacura, ni lorena ni jorge. Cuando me di cuenta, gracias a la Nati, de que sí había familia, de que la familia iba al lado mío en la Mochina, y de que la tarea era ahora encontrar una nueva casa, más lorenas, más jorges y más señoras paty, porque la vida es un ciclo y uno solo se da cuenta de eso cuando entiende que hay que ver no solo que uno quiere ver.
Replica a Marco Cancelar la respuesta